5 oct. 2001

En el colegio aprendíamos los nombres y principales axiomas de aquellos sabios de la Grecia pagana que afirmaban sin necesidad de los tratados teológicos que después traería el cristianismo, que el hombre, a diferencia de las demás criaturas que habitan el mundo, posee un alma racional capaz de discernir, elegir, recordar y emocionarse. Aquellos sabios atenienses fabricaban sus filosofías a través de la observación de la naturaleza. Para llegar al conocimiento del alma me los imagino observando a un niño, a un bebé que llega al mundo unido para siempre a ese alma que, aletargada, va creciendo a la par que se desarrolla el cuerpo. No precisaron de las voluminosas colecciones que en el medievo completaron los santos para caer en la cuenta de la espiritualidad del hombre.

Ahora estoy viviendo una etapa en la que tengo la oportunidad de disfrutar de la infancia de mis hijos. Al verles desenvolverse durante las primeras páginas del libro de la vida, también intuyo la presencia del alma que va informando sus pequeños cuerpos poco a poco, desde que empiezan a estirar en la cuna los dedos de los pies y a descubrir la utilidad de las manos cuando han perdido el chupete. Tal vez el alma sea responsable de la personalidad que con el tiempo todos adquirimos y que se nos advierte al caminar, al hablar... y al sonreír, y que confiere tanta dignidad hasta al más despreciable de los hombres, pues nos da proyección de eternidad; el alma permanece después de la muerte, siendo el cuerpo un envase que se devuelve después de usado, como descubrió un niño de papel, Miguelito, el entrañable amigo de Mafalda.
Rara es la persona que no ha sentido el susurro de lo infinito al contemplar la belleza de la vida. ¿Quién no se ha sobrecogido, aunque sólo sea una vez, al presenciar en silencio como nace o se pone el sol? De repente nos sentimos poca cosa frente a aquel espectáculo y atisbamos la presencia oculta de un hacedor de las cosas que está por encima, incluso, del tiempo que nos ha tocado vivir, que sostiene la Historia y a todos sus protagonistas. Pero en ocasiones no es necesario un espectáculo sublime para sentir la presencia de Dios. Esta madrugada, sin ir más lejos, me ha despertado el llanto de mi hijo pequeño, que sólo lleva cuatro semanas viajando por la vida. Le dolía la tripa, o así lo he interpretado al ver cómo se revolvía en la cuna. Lo envolví en una toquilla y nos fuimos al salón. Mientras buscaba una postura en mis brazos que aliviara su malestar, se le dibujó una mueca que se transformó en sonrisa. Apenas duró unos segundos. Era la primera vez que le veía sonreír y sentí aquel momento con una magia parecida al día que le vi nacer.

Esa sonrisa ha sido un reflejo de lo que vendrá a partir de ahora, cada día un poco más larga, un poco más amplia, hasta que su rostro se convierta en una mueca divertida la mayor parte de la jornada. Y a la sonrisa le dará un sonido: la risa, que será como una borrachera de campanillas infantiles que no puede cambiarse por nada porque nada vale tanto en el mundo como la felicidad de un niño, la explosión de la inocencia, el recordatorio constante de que es bien querido, de que es un don, un regalo inmerecido frente a cualquiera de los sacrificios que conllevan la maternidad y la paternidad.

En la sonrisa del pequeño Juan he visto reflejada su alma, que pese a ser inmaterial se me asemeja a una pompa de jabón, transparente, brillante, que va creciendo, hinchándose más cada día pero sin peligro de explotar.
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