17 oct. 2001

España ha sido y es un país anticlerical gracias a la pseudo-progresía. Durante cuatro décadas, el Estado justificó sus acciones a la sombra de la cruz, tal vez en reparación a los martirios que habían sufrido clérigos, religiosos y laicos; tal vez por una visión beatorra de la política; tal vez porque buscaba la bendición del cielo para atar y desatar sus potestades civiles. Pero pasado aquel largo sueño la pseudo-progresía volvió a lo de siempre: a murmurar y promover el ataque -esta vez sin escopetas; bastan las palabras- como bandera en favor de ese paraíso en la tierra que es la democracia, deidad en la que extrañamente se combina racionalismo con superstición. Los que se califican vanidosamente en público como demócratas no soportan la existencia de la Verdad absoluta custodiada por la Iglesia desde hace dos mil años.

Durante estas semanas de gescarteras y profesoras de religión he leído numerosas columnas que esbozaban a obispos sagaces, corruptos, codiciosos y hasta lascivos, y en las viñetas de prensa, cuando se caricaturiza a un clérigo se le representa gordo (esclavo de la gula), despectivo (soberbio) y coronado con mitra (aferrado a modismos del franquismo). Hay periodistas que retuercen las declaraciones de los purpurados hasta darnos a entender que la Iglesia está gobernada por tontos y, consecuentemente, que quienes creemos en la misión de servicio de la jerarquía, en sus obligaciones y en la asistencia del Espíritu Santo, somos igual de estúpidos. Por poner dos ejemplos, a pesar de la ingente obra social y religiosa llevada a cabo por la Compañía, tildar en los medios de comunicación a alguien como "jesuítico", es llamarle farsante. Y qué decir del Opus Dei y su fundador, un santo al que en nuestro país se le ha acusado de todo y por su orden, llegando incluso a vincular el proceso de su beatificación con maletines de dinero.
Es fácil practicar la demagogia contra la Iglesia. Recuerden cuando el año pasado los medios informativos acusaron de violadores e inductores del aborto a los misioneros de Africa. Incluso, hace días, algunos periodistas nos hicieron dudar de la santidad de la Madre Teresa de Calcuta a causa de un supuesto exorcismo que se le había aplicado al final de su vida, como si fuese la niña de la famosa película de terror.

No voy a negar el retraso en las explicaciones sobre las inversiones millonarias de algunas instituciones de la Iglesia en Gescartera. Pero me pregunto cuál es el afán de lucro del que algunos periodistas les acusan. Una institución religiosa o una diócesis no se regalan lujos, ni viajes, ni vestuario de última moda, sino que han de mantener servicios (misiones, hospitales, parroquias, escuelas, seminarios...) que cuestan muchos millones.

Tampoco dejo en el tintero el culebrón de las profesoras. Opino que una mujer afiliada a un partido comunista adalid de prácticas tan poco cristianas como el divorcio, el aborto y la eutanasia, no puede representar ni transmitir la fe, tome o no tome copas con los amigos. Algo similar ocurre con la muchacha casada con un divorciado. No pretendo juzgar conductas morales particulares, sino apoyar el derecho que asiste a los obispos a la hora de escoger quién debe educar en el catolicismo a los alumnos de esa asignatura, optativa, en los colegios públicos.
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