28 nov. 2001

¿Qué tiene el otoño para organizar semejante guirigay en la mente y en el espíritu de tantas personas? Comienzan a acortarse los días, llegan las primeras nubes de plomo acompañadas por un viento helado, cambia la hora... y el ánimo de deshincha. La depresión es una de las peores jugadas que padece el hombre moderno. No podemos imaginar que ocurría hace sesenta, ochenta, cien años, porque los médicos de cabecera desconocían estos agujeros en la esperanza a los que tildaban como "melancolía", "neurastenia", "nervios" y otra serie de imprecisiones que pretendían resolver al recetar infusiones de tila. Hoy se sabe a ciencia cierta qué es una depresión, cuáles son sus condicionantes internos y externos, qué descompensaciones químicas sufre el cerebro para quebrar el ánimo de la persona más optimista hasta convertirla en un paño de lágrimas. Pero para los cientos de miles de ciudadanos que la padecen, sigue resultando desconcertante que un cambio de estación (la llegada del otoño) sacuda de tal manera la mente.

Hasta hace un año decían que la depresión era la enfermedad del siglo XX, mas tengo la sensación de que continuará siendo líder de males a lo largo de esta nueva centuria, porque va muy ligada a nuestro modo de vida: las prisas, la obligación de triunfar, el tiempo cada vez más limitado para la familia y la amistad, el culto al dinero, la falta de valores, la ignorancia del fin último del hombre, la soledad en medio del bullicio urbano, el pánico al dolor y a la muerte, el riesgo constante a la deslealtad del prójimo...
Uno se deprime por razones muy variadas. En unos casos, cuenta la herencia genética. En otros, tiene un papel decisivo la llegada de la madurez (el final de la adolescencia es un punto crítico en la estabilidad de la persona), o una experiencia vital traumática. Mas en la mayoría de las depresiones juega un papel decisivo el ansia de felicidad no correspondida, una felicidad que no se puede saciar con la mera posesión de bienes, la realización de viajes, la acumulación de millones... Y es que el hombre ha nacido una felicidad pletórica por encima de esas bagatelas, y nada es más frustrante que no conseguirlo: la infelicidad lleva al resquemor, al sentido de culpabilidad, a la depresión. Qué triste haber apostado todas las ilusiones a un trabajo, a un bien material y hasta a una persona, y descubrir que nuestro corazón continua tan o más gris y reseco. Cuando el alma cae en la desesperación y se pierden las ganas de luchar, llega el infierno, los porqués sin respuesta, el miedo a estar vivo.

El otoño con sus vientos glaciales despierta los monstruos de la depresión. El verano que hace un instante teníamos frente a los ojos y ahora se ha descompuesto en tonos amarillos y marrones -como podridos- conduce al decaimiento, a la fría rutina, a la lluvia, a la noche temprana. Pero se puede remontar, aunque sea con píldoras o diván pues, antes lo he dicho, hemos nacido para ser felices aun en las experiencias vitales más atroces; el hombre no debe cejar en la búsqueda de la plenitud del bien. Por eso, cuando el otoño se presente hosco y mal educado, demos un voto de confianza al mañana con sus pequeñas cosas.
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