7 dic. 2001

A veces me viene a la imaginación uno de esos aeropuertos del otro lado del océano. Una muchacha, una maleta, una deuda astronómica que pagar y una despedida inconsolable de la familia. Nunca me he atrevido a preguntárselo, pero a veces quisiera saber cuáles fueron los últimos consejos que la chica que trabaja en mi casa al cuidado de los niños y de la limpieza, dio a sus dos pequeños antes de embarcarse en el avión que le traía al más allá. Sólo sé que ha coronado el televisor de su habitación con la fotografía de su marido y de sus hijos, dos filipinos chiquitines que apetece arrancar del papel para traérselos a vivir con nosotros. Cuando le llega por correo uno de esos sobres alargados de papel barato y ribeteados de azul y bermellón, a la mujer se le achinan aún más sus ojos, hasta volverse cortaduras de uña. A pesar de que le han escrito la misiva en tagalo, nos la muestra para cerciorar que aquellas palabras extrañas (en las que aún se cuelan vocablos españoles) anuncian el triunfo escolar de sus hijos, o que con el sueldo que ha ido enviando mes a mes después de pagar la usura del préstamo con el que voló a España, su madre ha arreglado el tejado de su cabaña, una choza de bambú en donde la familia cría patos, gallinas y un cerdo.

Se sabe privilegiada; las muchachas de su aldea le envidian porque ha podido dar el salto al viejo mundo, este occidente marchito en el que puede ir a discotecas, ver televisión con antojo y comprar a gusto del consumidor en cualquier supermercado. Aquí están lejos los tifones, los terremotos, las erupciones volcánicas que cubren su país de una ceniza que ni siquiera las lluvias monzónicas pueden llevarse. Pero, sin embargo, se encuentra a miles de kilómetros de su familia y algunas noches, cuando la casa permanece en silencio, mi mujer y yo la encontramos sentada en la terraza con los ojos perdidos en las estrellas, pensando, tal vez, que esos mismos luceros serán los que contemplarán sus seres queridos en unas horas, cuando aquí se haga de día.
Qué difícil vivir lejos de tu patria. Qué difícil correr solo una aventura desconociendo hasta el idioma, condecorada por tu familia como la única esperanza para pagar las deudas y hasta los estudios secundarios de los niños cuando lleguen a la adolescencia. Me pregunto si yo lo resistiría, si como esas dominicanas, ecuatorianas, peruanas, filipinas, guineanas, caboverdianas..., sería capaz de resumir mis pertenencias en una maleta diminuta y abrazar a mi mujer y a mis hijos en el aeropuerto de Barajas con la incertidumbre de volverlos a ver, con la zozobra de si el día en el que regrese me seguirán queriendo como antes.

En ocasiones nos juntamos los matrimonios jóvenes para compartir las peripecias que se viven en nuestros hogares a causa de estas mujeres llegadas de los cuatro puntos cardinales. Nos quejamos de que usan el teléfono cuando salimos de casa, de que su cocina es siempre parecida (en sus países comen día y noche el mismo menú), de que se gastan parte del sueldo -que a nosotros tantas horas de oficina nos cuesta pagarles- en un móvil inútil, o de que los lunes regresan noqueadas después de una noche de farra. Y cuando se nos calienta la boca, hasta las acusamos de relacionarse con maleantes que les incitan a pedirnos subidas salariales y con otra clase de inmigrantes que no son de fiar. Acabada la reunión, uno piensa que es difícil tener una persona de servicio y valorar su esfuerzo, sus ausencias, sus miedos, a pesar de que expresen sus sentimientos de una manera diferente. Y es que estoy seguro de que jamás quisiera cerrar esa maleta diminuta en la que guardaría un retrato de mis seres queridos, ni que me llegasen cartas a Filipinas en las que me explicaran cómo se están poniendo de altos los niños, y lo que me echan de menos, o que con el sueldo que les envío han podido matricularse en la universidad.

¿Por qué son ellas las que viajan, las que siempre se despiden..., y no nosotros? ¿Por qué sobre nuestro televisor no están las fotografías de los niños que quisiéramos arrancar del papel para no separarlos jamás de nuestro regazo? No lo entiendo; y no lo quiero entender.
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