31 dic. 2001

Si un mago me diera la posibilidad de suplantar a algún protagonista del año que termina, elegiría a cualquiera de los bomberos de Nueva York. Después me entraría miedo, porque me asustan las catástrofes y no le siento apego alguno a la muerte. Pero, si a ese sortilegio de dejar de ser yo para convertirme en otro, el mago le añadiera el coraje que me falta y la magnanimidad de comportarme como de mí se espera en el caso de presenciar desastre semejante al sufrido en las Torres Gemelas, me reafirmaría en mi deseo de ser bombero neoyorquino.

El nuevo milenio ha comenzado con el pie torcido. Tenemos más de lo mismo, porque los que antes mataban lo han seguido haciendo durante estos últimos doce meses, con más saña si cabe. Este es un planeta de perpetua contradicción: frente al máximo bienestar, dolor y más dolor. El mundo está cubierto de quistes, maldades que parecen crónicas, desgracias a las que nos hemos acostumbrado dándolas por causas perdidas. Pero frente a este derrotismo abúlico, la actitud de los bomberos de Nueva York ha venido a ser un revulsivo. Por eso sueño con que un mago me permita tener por unas horas el corazón templado y generoso de esa gente, experimentar su compasión y solidaridad con los que sufren, asumir el riesgo de una muerte por derrumbe sobre el horror, jugándomela a una carta con tal de salvar una vida en el silencio espeso de después del atentado.
Según el obispo de Nueva York, testigo de primera línea en esas horas de desánimo, la catástrofe produjo numerosos ejemplos de santidad. Se refería a todos esos hombres que se internaron por los vericuetos de negro agujero en busca de cualquier aliento de vida después, incluso, de que los restos de los edificios hubieran sepultado a muchos de sus compañeros. Podían haberse escudado en el miedo, legítimo, y no lo hicieron. Bajaron al infierno para devolver a la vida a un puñado de víctimas.

Dicen que el ambiente de Nueva York ha cambiado, que se terminaron los castillos de naipes sobre la felicidad o el poder. Aunque los negocios han vuelto a arrancar de los escombros y la bolsa abre y cierra sus sesiones como antes del once de septiembre, en el ambiente de la Gran Manzana se respira un aire diferente. La gente ya no admira a las estrellas de la televisión, a los empresarios fugaces ni a los cantantes que tan a menudo se dejaban ver por las tiendas más caras de la Quinta Avenida, sino a esos bomberos que al terminar su trabajo, tras colgar el casco de alas curvadas, recuerdan a todos aquellos compañeros que murieron en acto de servicio y a los que aún se les respeta la percha vacía.

Me conmueven las imágenes, muchas semanas después del atentado, en las que los bomberos se destocan en la zona cero ante los restos de un compañero que por fin aparece entre la amalgama de destrucción. No pretenden ritualizar la muerte cuando forman para componer un pasillo de hombres cabizbajos en el camino de la camilla hasta el coche fúnebre. Por eso quisiera ser por unas horas uno de ellos, convencido de que estoy jugando un papel -el del servicio a los demás por encima de mis intereses egoístas- que debería iluminar el futuro. Si así fuera, otro gallo nos cantaría.
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