3 abr. 2002

Cómo le cuesta a la vida ganarle espacio a la muerte. Vivir es hacer piruetas para mantener un difícil equilibrio sobre un hilo gastado, aunque siempre pensemos que la caída no se ha inventado para nosotros, defensa natural ante la realidad de nuestro límite definitivo. Como el hombre existe sólo para vivir, no somos conscientes -se trata de una consciencia muy difícil de mantener- del milagro que supone estar vivo: apenas el fin de semana echamos en cuenta la belleza de una mañana soleada o los encantos de un sábado bajo el paraguas, pues en los días laborables bastante tenemos con llegar a la hora a la oficina. Pero el milagro es real, tan real como que ahora ocupo unos minutos intentando transmitir que merece la pena ser consciente de esta maravilla: estar vivo, y que los juegos habituales con la muerte (la imprudencia temeraria al volante, los excesos de alcohol o droga, el desprecio a la vida de los demás...) son una desfachatez, la sinrazón más absurda de nuestra condición de hombres.

Escribo frente a la terraza de casa, en donde cultivo y cuido algunas macetas. He leído en los libros especializados que a finales de enero hay que podar las flores, y hace unas semanas que mis tijeras sin experiencia pelaron tres rosales. Eran días de frío, pero con estos saltos de temperatura tan propicios para la gripe no tardaron en llegar jornadas calurosas que animaron a las plantas a romper el tallo seco para asomar unas tímidas yemas bermejas que se están convirtiendo en finísimas hojas plegadas, como libros cerrados, anticipo de un futuro esplendoroso de verde follaje y rosas olorosas. A la vez, las flores del frío, las que se plantan para resistir en los meses de luz corta y perezosa para no condenar los jardines a yermos parterres de tierra sucia, comienzan a cansarse y sus colores van perdiendo esa intensidad que mantuvieron a pesar de las escarchas y de los vientos helados. Cuando salgo para retirar los pétalos secos enseguida me duelen los dedos a causa de la baja temperatura y entonces me asombra más todavía las ganas de vivir -ganas vegetativas, irracionales- de esas plantas.
A pesar de la presión a veces forzada por conservar la naturaleza, que nos obliga a preocuparnos antes por el destino de la ballena jorobada que por las personas que se mueren de hambre en Malawi, nuestro existir vale más que los jardines de Versalles y de Bruselas juntos, con sus macizos estudiados para propagar estallidos de color entre el césped, los castaños bruñidos de sombras y la alegría de las fuentes saltarinas. Aunque en ocasiones arrastremos un existir casi tan vegetativo y aburrido como el de las plantas, es hora de darnos cuenta de la transcendencia de estar vivos, de sentir como las horas nos pasan entre las manos con infinitas posibilidades de convertirlas en minutos irrepetibles, no porque tengamos que dedicarlas a tareas ingeniosas más allá de la rutina que nos corresponde, sino porque son esas las horas que tenemos para construir nuestra historia. La dignidad del hombre, plena desde sus primeros estadios hasta el momento final de la muerte, hace que podamos sentirnos dichosos de respirar incluso siendo ancianos o estando constreñidos por la más grave de las enfermedades, que es cuando perdemos el color, ese mismo color de las flores de invierno que comienzan a despedirse.

Le cuesta tanto a la vida ganarle espacio a la muerte que a cada día deberíamos hacerle un jubiloso verso. Verso dispuesto a defender -hasta las últimas consecuencias- esta vida precaria a causa de la guerra, del terrorismo, de la manipulación irresponsable del laboratorio, de los malos tratos, de lo que se debería llamar paritorio y denominan quirófano y de tantos venenos que impiden a este jardín florecer con plenitud.
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