7 may. 2002

¿Se acuerdan de Albino Luciani? Durante los pocos días que ocupó la Cátedra de la Iglesia le llamaron el Papa de la sonrisa, porque con aquella expresión -que cuando es verdadera despierta tanta cercanía y refleja inteligencia- recibió la enorme responsabilidad de transitar el papado del sufriente Pablo VI al del ciclón Wojtyla. Yo era un niño cuando escuché la noticia de su elección. Casi no me acuerdo, salvo por un libro que apareció en casa en el que el Luciani dialoga con los personajes de la historia. Mi madre me decía que cuando creciera lo debería leer. "Ilustrísimos señores" se convirtió años después en uno de mis libros de referencia porque me divierte -¡el Papa me hace reír!- a la vez que me anima a reflexionar.

Luciani había sido patriarca de Venecia, ciudad mitad sueño mitad decadencia, y allí aceptó el encargo de escribir una carta mensual en una revista (Il Messaggero di San Antonio). Tal vez influido por la fastuosa arquitectura del palacio episcopal, aquel hombre de la sonrisa se lanzó el reto de dirigirlas a personajes históricos, reales o ficticios, desde Fígaro, el barbero, al escritor Mark Twain. En cada caso, presentaba al destinatario elegido aquellos problemas que en su siglo tanto le preocuparon. A Charles Dickens le escribe sobre la causa social, escenario de sus mejores novelas; con Chesterton dialoga sobre la pretendida muerte de Dios; a María Teresa de Austria le describe la crisis en las costumbres; con Péguy se refiere a la desesperanza; con San Bernardo establece una auténtica correspondencia de ida y vuelta sobre la prudencia y la honradez que deben iluminar las acciones de los gobernantes; a Goethe le entretiene con unas reflexiones sobre el cine; del Rey David reclama la humildad; con Penélope se adentra el las relaciones del hombre y la mujer; a Pinocho le cuenta la verdad y la mentira del amor adolescente, y al tipógrafo Manuzio le habla de la autoridad como garantía de la paz social. Sin pretenderlo, Luciani destilaba una vasta cultura aplicada al sentido común, reconociendo que los problemas que afectan a la humanidad han sido y son los mismos, ya que la condición de hombre (ser limitado capaz del bien y del mal, al que le cuesta pedir perdón) no cambia, a pesar de que por el atrezo de este enorme teatro hayan pasado desde los artilugios de madera y piedra a los chips de fibra de vidrio. Si inmorales son algunas costumbres de la sociedad contemporánea, inmorales eran las de tiempos pretéritos. Si hace años era el materialismo marxista el que eliminaba a Dios, hoy es esta vida muelle la que no puede soportar la trascendencia, etcétera.

El hombre es el único animal que tropieza dos, seis y hasta cien veces en la misma piedra..., sin reconocer su torpeza. La noción de arrepentimiento se ha borrado del diccionario de usos públicos y nada resulta más chocante que un político, un artista o un banquero que diga: <<perdón, siento haberme equivocado y trataré de que no vuelva a ocurrir>>. Situaciones endémicas como la guerra soterrada de Oriente Próximo, el terrorismo etarra o los sistemas bananeros de algunos países parecen no tener solución, porque los responsables de las mismas son incapaces de dialogar con la historia y aprender de sus errores. Luciani lo hizo, de forma deliciosa entabló conversación con personajes sobresalientes para aprender y para examinarse, convencido de que ni siquiera un Papa está libre de pecar.
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