7 jun. 2002

No sé si soy monárquico. Me lo pregunto a veces. Ser monárquico es apostar por una institución y por un apellido, sin tener demasiado en cuenta quién es el titular del mismo, porque lo que importa son los genes, la sangre, la estirpe que define que el rey es esa persona determinada y no otra.

Me siento orgulloso de la monarquía que está trazando el Rey Juan Carlos -conciliadora, integradora- pero no tengo elementos de juicio para valorar si con su abuelo, con su tatarabuela o con su tatarabuelo hubiese estado igual de satisfecho, pues eran otros personajes, con talantes bien diferentes, que vivieron en una España que nada tiene que ver con la de hoy. Los historiadores dicen que Don Juan Carlos acertó al prescindir de la corte, ese grupo de privilegiados que influían en el devenir de la nación sin estar, necesariamente, preparados para las labores de gobierno. En este sentido, tenemos un Rey de todos y para todos, que ofrece la imagen de sentirse tan a gusto con los Grandes de España como con un grupo de universitarios, deportistas o médicos. Es más, hasta hace buenas migas con los republicanos "oficiales" del país, a quienes ha sabido ganarse con prudencia y simpatía.

Al repasar estos últimos lustros me llama la atención que los Reyes no sólo prescindieron de consejeros y damas de compañía, sino del glacial Palacio que hubiera convertido su vida familiar en una pesadilla. La pompa y el boato las reservaron para los actos oficiales que precisan liturgia, así que les sobraban los pasillos infinitos de la plaza de Oriente, los cuadros de antepasados, las camas con baldaquino, las alfombras con historia y un comedor en el que es imposible mantener una tertulia de sobremesa por la distancia que separa a los comensales entre sí. Tampoco educaron a sus hijos -entre ellos, al futuro Rey- en un ambiente aséptico de influencias externas, con preceptores rígidos de disciplina militar, sino en colegios con toda la variedad de profesores y alumnos. Y después, la universidad pública -con todos sus peros-, y algún master en el extranjero, lo habitual en muchas familias. Los españoles de la generación del Príncipe y de las Infantas, tenemos la sensación de que han crecido a nuestro lado dedicados, más o menos, a las mismas cosas a las que nosotros nos dedicamos: al estudio, a una diversión no demasiado aparatosa, al deporte, al trabajo... Incluso del matrimonio de las Infantas los Reyes no han hecho un cuento de hadas, pues salvo aquellas preciosas ceremonias en Sevilla y Barcelona, ofrecidas al público a través de la televisión, para ellas no han habido castillos ni zapatillas de cristal, sino una vida más o menos corriente, con los niños que vienen y que crecen, y esos actos a los que acuden y que, de alguna manera, les devuelven otra vez a su condición de princesas.

Como han crecido junto a nosotros, lo que les ocurre me interesa. Y cuando se trata de una buena noticia, me alegra sobremanera. Por este motivo, celebro el nacimiento del tercer hijo de la Infanta Cristina y que, durante su embarazo, no haya abandonado su puesto en la fundación en la que trabaja ni haya suspendido los actos oficiales. Doña Cristina es consciente del interés que despierta y de que, sin quererlo, su vida es un espejo para muchas otras vidas, un ejemplo que se convierte en reivindicación para las mujeres que pasan por su misma situación: la de ser madres a prueba de todo riesgo.

Admiro a la mujer que hoy apuesta por la familia -por la maternidad- de forma repetida, porque en estos tiempos cualquiera se cree con derecho a juzgar a un matrimonio para decirle cuándo debe tener un hijo; cualquiera se echa las manos a la cabeza cuando una mujer se queda embarazada de nuevo, y la critican, tildándola de loca o de irresponsable. Les parece estupendo que la mujer trabaje, incluso que tenga un hijo -uno sólo- pensionista de la guardería más cercana a la oficina; pero no soportan que la maternidad se repita, que el amor se multiplique sin que la madre muestre intención de abandonar su puesto frente al ordenador.

No sé si soy monárquico ni si algún día lograré dar respuesta a esta inquietud política; qué más da. Pero me gustaría que la imagen de España, el ideal del buen ciudadano, el de la ciudadana responsable, siga teniendo que ver con esta Familia, por muchos años.
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