29 jul. 2002

La intensidad con las que hoy vivimos las cosas hace difícil que nos podamos centrar en algo. El ama de casa, mientras guisa, en vez de recrearse en el burbujeo del marmitaco y en la subida mágica de la masa del pastel, debe atender la cocina a la vez que coge el teléfono, hace las camas, baja a la compra, manda un mensaje por internet y se interesa por la marcha de sus acciones. También el humilde escritor, al que le gustaría dedicar todos los días un par de horas a la contemplación mientras pasea en busca de sus musas, combina los plazos de entrega de su novela con los artículos en prensa, la lectura forzada de algún tostón, la lectura de una buena novela y la oficina en la que se gana los euros con los que alimenta a la chavalería. Hasta la agresiva ejecutiva de postín se ve obligada a mezclar sus consejos de administración con llamadas telefónicas a casa, partidos de pádel con viajes de medio día a Milán, desayunos en aeropuertos, almuerzos y cenas de trabajo entre hojeadas a periódicos salmón y algún programa rosa para desengrasar la cabeza. Creemos que este estilo de vida nos redime del aburrimiento, porque confundimos dinamismo con ir con la lengua fuera.

Aunque debo conformarme con lo que hay, prefiero una vida dosificada. Es decir, que el trabajo sea trabajo, sin mezclas extrañas (lo confieso, los fines de semana me divierto con mi familia y los amigos de siempre, no con las gymkanas que organizan los chicos de la ofi), y que las vacaciones sean sagradas vacaciones, sin móvil que valga en el que algún desgraciado pueda encontrarte para que retornes de urgencia porque vence no se qué endiablada presentación.
Con la operación salida que embotella las carreteras del país, este año comentaban los noticieros que cada vez son menos frecuentes las familias que disfrutan de cuatro o cinco semanas seguidas de veraneo. Por supuesto, cada cual debe distribuir sus días de asueto como le dé la gana, reservarse una semana de vacaciones en febrero, si quiere, y otra en noviembre (mes de difuntos). Pero me temo que esta manera de trocear el principal derecho del trabajador (el del descanso), es una iniciativa que en general parte de los pelotones de mando, de los sillones de cuero con ejes giratorios; del jefe.

Al prohibir que las vacaciones se condensen en julio y en agosto, no sólo se pierde una encantadora tradición, sino que el relajo se contamina con la cosquilleante sensación de que, en cuanto nos hemos ido tenemos que volver. Nadie viaja ya con la baca del coche cargada hasta con la jaula del loro, salvo los magrebíes que cruzan la península de una tacada, desde Francia a Algeciras sin permitirse un sesteo en la cuneta. Las vacaciones se conceden a tiempo parcial. Para cuatro días, para qué liarse la manta a la cabeza. Una semana a Marbella, otra en la Costa Brava y otra en Roquetas del Mar (si es que aún queda dinero, que lo dudo). La última, ya por diciembre, se reserva para las pistas de Sierra Nevada.

Cuando era pequeño tenía la sensación de ser de dos sitios diferentes, y me gustaba: del lugar en el que había nacido y de aquel en el que pasaba, al menos, el dieciséis por ciento del año. En fin, como a los contratos, a este tipo de descanso cuarteado habría que tildarlo de "vacación basura".
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed