28 ago. 2002

No fue una frase hecha, sino el reflejo de lo que aquella mujer siente por su yerno. Sucedió en una playa de Andalucía hace unas semanas. Me había acercado con la intención de saludarla después de elegir en mi cabeza los registros que suelo utilizar cuando intercambio unas palabras de cumplido con quien veo de uvas a pascuas: un interés mal disimulado hacia su familia, las pertinentes preguntas sobre cuándo ha comenzado sus vacaciones y cuándo se marchará de nuevo a la ciudad, unos piropos hacia sus nietos, que juegan con mis hijos durante estas mañanas de mar..., lindezas que me llevaron a querer saber sobre su yerno, el padre de los nombrados niños. <<¿Aún no le has visto por aquí?>>, me preguntó. <<En realidad, no sé quién es. Nadie nos han presentado>>, le contesté observando a la multitud playera por si pudiera ser alguno de aquellos bañistas. La mujer me miró por encima de sus gafas de sol, sorprendida. <<¿No le conoces...?>>, dejó en suspenso. <<Pues es un caballero. Un auténtico caballero>>, puntualizó.
Por la tarde, mientras daba un paseo entre palmeras y buganvillas recordé la descripción de aquella suegra sobre las bondades de su hijo político. Su sentencia ("es un auténtico caballero") se balanceó en mi cabeza como el retorno a unas formas antiguas que, sin embargo, he llegado a conocer. A muchos de nuestros abuelos les calificaban con ese compendio de todas las virtudes. <<Era todo un caballero>>, aseveran algunas ancianas al rememorarles, cuando de ellos no quedan más que un ramillete de anécdotas abarquilladas y alguna fotografía. Mi padre hablaba de los caballeros como del ideal de todo varón de bien, y repetía aquello de que no basta con serlo, sino que es necesario parecerlo. Me pregunto si los caballeros han desaparecido para siempre, pues ya nadie se refiere de esta manera al hablar sobre sus semejantes. Puede que quede algún ejemplar suelto, pero en ese caso se trata de una especie en extinción sin presupuesto público ni privado que asegure su supervivencia ante la invasión de rufianes que desean la fama, el dinero y el poder a cualquier precio.
Me gustó que aquella suegra incondicional adornara a su yerno sin recato. Hoy, de una persona se suele decir que es trabajador, rico, afable, listo, guapo o seductor. Otros términos resultan pretéritos, mas la voz de caballero, que hoy recupero, resume de un solo golpe la magnanimidad de una conducta generosa, noble, gallarda, desprendida, cortés, amigable, sincera, respetuosa, culta, bizarra, humilde, alegre y desprendida. En fin, todo lo que cualquier hombre de bien quisiera ser, porque la caballerosidad poco tiene que ver con el aspecto externo (se puede vestir de verde caza y viajar en jet privado de Montecarlo a Sotogrande sin abandonar la condición de mentecato, y se puede no haber abandonado nunca los páramos lunares de Palencia y ni siquiera haber alcanzado el graduado escolar y ser, aún sin saberlo, un caballero de los pies a la cabeza), es decir, que la nobleza no va necesariamente unida a pretendidas sangres incontaminadas o a títulos y apellidos rimbombantes, sino a un saber vivir, un saber estar que ilumina aquellos lugares que frecuentan los hombres de bien, aquellos que luchan contra la codicia y la envidia, cáncer del que se mueren los palurdos. El caballero, aunque no se disfrace con capa española ni recurra a ademanes afectados, aunque no se engomine el cabello ni se borde las iniciales en la pechera de sus camisas, hace reír a los suyos sin la pretensión de resultar gracioso, pendiente de los más débiles y necesitados.

Unas semanas después, en otra playa, esta vez en el norte de España, un padre cargaba en brazos con su hijo enfermo. Lo portaba ajeno a las miradas y a los comentarios. Me enteré de que ha sacrificado su verano y el de su familia por el bien del muchacho, que ha recibido un tratamiento en una ciudad con pocos atractivos estivales. Aprovechaba un fin de semana para que sus hijos se beneficiaran del aire marítimo y, en vez de permitirse un más que razonable descanso, hacía participar de la mañana de playa también al hijo necesitado. Ni un rictus de amargura ensombrecía el rostro de aquel hombre cansado, ni una sombra de mezquina resignación. Pensé, robando la frase a aquella veraneante del sur, que por aquellas arenas cántabras pasaba un caballero, un auténtico caballero.
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