27 sept. 2002

Ahora que los días son cada vez más cortos y el cielo va tomando aire otoñal, recupero alguna imagen del pasado verano, como un rumiante de los buenos tiempos que pretende perpetuar los paisajes empapados con la luz de agosto, los paseos por la orilla del mar, las cenas bajo un castaño acompasadas por el arrullo silbante de los sapos y el tintineo adormecido de las esquilas. Este verano, como el anterior y como el anterior del anterior, me he encontrado con caras nuevas. Como con vergüenza, me dicen que han cerrado la casa de Fuenterravía, que han vendido el apartamento en Bakio, que ya no quieren volver a Ondárroa, que no son bien acogidos en Cestona, que temen pisar el asfalto señorial de San Sebastián... Se van haciendo poco a poco a los nuevos lares y preguntan por los restaurantes de la zona, por el día de mercadillo, con la timidez de quien se siente entrometido en unas vacaciones que no son las suyas, en un plan que no es su plan, y hacen lo posible por no molestar, por adaptarse humildemente a las costumbres del nuevo destino. <<¿Os han amenazado?>>, pregunto a aquel con el que tengo confianza. <<No, pero no queríamos que llegase ese momento. Vas a la calle y te los encuentras. Entras en un bar y se están tomando un café a tu lado. Paseas por la plaza que desde la infancia recuerdas tan bonita, y la han empapelado otra vez con pasquines de terror>>. Les comprendo, claro que les comprendo. A ellos y a los que han tenido que marcharse a vivir lejos, haciendo de la Península una nueva diáspora.
Me viene a la cabeza la experiencia de aquel niño judío. Le habían cosido la estrella amarilla al baby y tenía la impresión que aquella medalla de tela era una condecoración que sólo lucían los muchachos más listos del colegio. Hasta que los que no la tenían le dieron una paliza coreando su raza. Sus padres le obligaron a cruzar la Francia ocupada, de polizón en un tren, en busca de la paz anhelada de la Costa Azul. Llegó a Niza, ciudad de su misma patria, con sensación de proscrito, de invitado de piedra, de ciudadano de segunda fila obligado a esconder su condición de capitalino. Hasta el hablar un francés refinado le ruborizaba. Aquel ambiente soleado le sentaba bien, pero echaba de menos las neblinas frías de París, la lluvia, el mal olor del Sena, todo lo que hasta entonces había sido suyo.

Cuando regresé de vacaciones y dormí la primera noche en mi cama de invierno, el subconsciente liberó en sueños la piedad contenida. Veía el paisaje amadísimo de mi tierra, su verde y su azul, sus fábricas, las calles de trazado cosmopolita, los pueblos, las rías que huelen a percebe, las playas y los acantilados. Veía los montes altísimos lanzando sus piedras contra el cielo y los valles recoletos. Otra vez olía a musgo y a seta, a salazón y brea, a pinar y hayedo. Las luces de los teatros y de los museos refulgían, también el resplandor de la colada de los altos hornos resucitados. Aquel paisaje en el que la vida microscópica horada el mantillo y el lodo estaba abandonado de hombres. Ni un alma, ni un ruido diferente al soplar del viento, al salpicar del acero, al batir del mar. Aunque tenía la seguridad de no haber contemplado en mi tierra antes tanta belleza, me dolió la ausencia, el vacío fantasmagórico. Porque de qué sirve la hierba si no puede pisarse, el heno si no se puede jugar con él. Para qué el mar despoblado de embarcaciones, los teatros y los museos sin público o el hierro sin manos que lo fragüen. Mi sueño me alzó para descubrir, a lo lejos, hileras negras de gente cabizbaja que formaba una triste y oscura desbandada.
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