28 oct. 2002


Durante las últimas semanas he tenido ocasión de asomarme al testimonio literario de dos personas que sobrevivieron al horror de los campos de concentración del III Reich. Por una parte, Viktor Frankl, psiquiatra vienés ("Cuando el mundo gira enamorado"). Por otra, Vladek Spiegelman, un hombre sin otro brillo que el de haber sido protagonista de un cómic biográfico firmado por su hijo Art, que recibió el Pulitzer en 1992 ("Maus"). Nunca hasta entonces el codiciado premio había recaído en un garabato.

Vladek, tras los años de tortura, comenzó una nueva vida en los Estados Unidos, pero la sombra del holocausto le impidió integrarse en el país de las oportunidades. Se convirtió en un judío atormentado: haber sobrevivido no era un premio, sino el motivo de una inagotable pregunta: por qué yo, y no encontraba otra razón que el desesperanzado azar. Su esposa se suicidó enferma de angustia: todas las noches los sueños se le ocupaban con los cuerpos famélicos de sus compañeras de pabellón, con las miradas amargas de las delatoras, de las guardianas, de los soldados entregados a la brutalidad. Vladek ni siquiera se planteó la posibilidad de quitarse la vida, porque sólo centraba su atención en aprovechar hasta la última partícula de los alimentos (los años de hambre fueron culpables de semejante fobia). El pesimismo cruzó su frente. No creía en el amor, ni en la amistad. Basta con encerrar a varios amigos dentro de una habitación y no darles de comer, para que sean capaces de matarse los unos a los otros a cambio de un trozo de pan como los que se repartían en el rancho de Auschwitz (una mezcla con más serrín que harina). Los campos de exterminio tronzaron para siempre su confianza en el ser humano.
Viktor Frankl, aparentemente sufrió más que Vladek. En Auschwit y Dachau perdió a su esposa, de la que estaba apasionadamente enamorado, a sus padres y a casi todos sus amigos. Si Vladek utilizó sus fama de judío acaudalado para conseguir trabajos de zapatero, al resguardo de los pabellones, y para enriquecer en algo su dieta, Frankl fue asignado a uno de los pelotones que arreglaban las vías del tren en jornadas de hasta doce horas, a veinte grados bajo cero y sin la protección siquiera de un abrigo. Para Viktor Frankl, su supervivencia no fue producto de la casuística, sino de su empeño por poner en práctica la teoría psiquiátrica con la que había ayudado a cientos de pacientes deprimidos: el hombre precisa encontrar un sentido a su vida, una razón que esté por encima de la contingencia de cada día, un amor por el que se puedan superar todos los padecimientos. Cuando, enfermo de tifus, los nazis le obligaban a acudir cada madrugada a su puesto en las heladas planicies de Polonia, Frankl se obligaba a representar en su cabeza la figura de su amadísima esposa. Entre tiritonas y convulsiones, con los dedos de los pies congelados, mantenía una conversación ininterrumpida con ella. Su amor podía con la distancia física y temporal. Para él, un amor limitado por el hoy y el ahora, limitado por la muerte, no es un amor verdadero. Gracias a esta práctica, consiguió que mucho de sus compañeros vencieran la debilidad mental que les empujaba a suicidarse contra los alambrados electrificados del campo.

He pensado en el testimonio vital de estas dos personas. Sé que si yo tuviera que someterme a una experiencia similar, no tendría coraje ni resistencia para superarla. Sin embargo, de elegir, pediría estar acompañado por alguien como Viktor Frankl, capaz de arrancar una sonrisa, un chispazo de ilusión, hasta de un cadáver andante.

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