7 oct. 2002

Los concursos de misses me parecen tan estúpidos como los juegos florales de los cincuenta, aunque a favor de aquellos saraos en blanco y negro, las misses no tienen ni siquiera la oportunidad de escuchar unos versos encendidos en la voz atiplada de Matías Prats o del cronista del NODO. Las piernas largas que se pasean en bikini por una pasarela internacional, con sonrisa casuística y manita en la cadera, como mucho tienen la oportunidad de contonearse al ritmo de alguna música bullanguera frente a las miradas no siempre bienintencionadas de un jurado internacional. Dicho lo dicho, que el certamen se celebre en la Nigeria de las lapidaciones o en la civilizadísima Suiza, me resulta indiferente. Me parece que no son esas pobres muchachas cargadas de sueños las que deben presionar con su negativa para el cambio de actitud de un gobierno extremista. La comunidad internacional contempla impasible la persecución contra los cristianos y los animistas de las regiones del norte del país. Si morir lapidado por adulterio es aberrante, también lo es que te asesinen por creer que Cristo es Dios o que tus antepasados te miran desde las estrellas. Puede que el martirio no resulte tan espectacular como el asesinato por discriminación sexual, porque lo cierto es que la primera de las maneras de caer muerto no moviliza los cientos de miles de firmas que las ONG han recogido para las dos mujeres condenadas por el tribunal islámico.
Supongo que la chica que consiguió, en un ambiente enrarecido por el destape de la realidad de los concursos de belleza, la corona a la más guapa, se muerde las uñas de rabia. Ninguna petrolera ha cerrado las exportaciones de crudo nigeriano en señal de protesta. Ninguna empresa armamentística ha dado al off de sus máquinas productoras de balas. Son ellas las que han tenido que cerrar el frasco de rímel y lanzar por el retrete los sueños de ser coronadas como reinas de la belleza en este mundo hipócrita. Supongo que los parlamentarios que han evitado el viaje de nuestra guapa al corazón del Africa negra se felicitan y engolan la voz cuando conceden entrevistas para presentarse como defensores de los derechos humanos. ¡Vivan las causas publicitarias! ¡Viva todo lo que huele a votos! ¡Viva la frivolidad incluso cuando se juega con vidas ajenas! Que perdonen a todas las mujeres condenadas a la lapidación, que las nombres hijas adoptivas de todas las ciudades de nuestra retórica Europa, que suspendan los concursos de Miss Universo, que organicen conciertos como en tiempos de Mandela... Todos se apuntan al sarao de la justicia en papel couché mientras miran para otro lado cuando un misionero, por poner un ejemplo, viene con el cuento de que la Shell ha envenenado con sus residuos los ríos de los que se alimentan numerosas aldeas nigerianas, o con la pantomima de que en el norte del país te pegan un tiro entre las cejas por portar una cruz al cuello.

Ahora que se ha quedado sin concurso, o Miss España se apunta al carro de los justicieros de revista, convirtiéndose en la embajadora de las mujeres condenadas a la lapidación, o me temo que en pocos años tendrá que ganarse la vida como azafata de algún concurso rancio de televisión autonómica.
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