1 nov. 2002

De niño, camino del colegio en el autobús, la imaginación se me iba poniéndole rostro a los protagonistas de la saga de los Porretas, una radionovela para asistentas con todos los ingredientes: marido chupatintas, mujer empeñada en casar a la niña, novio de alta alcurnia que no termina de decidirse y abuelo cascarrabias. Pero la radio no formó, salvo durante aquel paréntesis de veinte minutos, parte de mi vida. Algo mayor, aún soltero, escuchaba algunos retazos en el transistor que la chica de servicio paseaba por la casa junto con la aspiradora o la cesta de la plancha. La mujer y aquella pequeña radio formaban una sola cosa, así que no era de extrañar que, pese a su cultura básica, tuviese opinión sobre cualquier tema, formada en la tertulia diaria de su cadena preferida.

Podría haberme aficionado a la radio cuando comencé a trabajar, pero como me desplazaba en moto, sólo podía escucharla si tomaba un taxi. Me frustraba que mi destino siempre llegara antes de que terminase la entrevista del locutor de turno o la intervención, siempre aleccionadora, de quien llama al programa desde casa. Sólo cuando me casé y comenzamos a vivir a las afueras de la ciudad, mi relación con la radio se hizo más intensa. De lunes a viernes, sin tregua, tenemos que enfrentarnos a cuarenta y cinco minutos de caravana, tiempo que bien empleado puede servir para conversar, para disfrutar del paisaje piñonero de la Casa de Campo y para sintonizar la radio. Mi matrimonio ha recorrido todas las ondas: en mi caso, que voy de melancólico, busco un dial de música antigua y en español. Mi mujer, que en casi todo es más moderna, prefiere los éxitos del hit parade para ir conquistando el tono vital que le ayuda a vencer las dificultades del día. Pero con el tiempo abandonamos la música y descubrimos los magacines, y nos familiarizamos con los sabelotodo que pueblan las mañanas de la radio, personajes con una habilidad abrumadora para proclamarse doctores en lucha contra el terrorismo, estadistas sobre el empleo, atilas contra la corrupción y hasta físicos, químicos e ingenieros a la vez, si se tercia.
Como la radio está dominada por grandes gurús, tótems del micrófono contra los que es difícil competir, aprovecho los trayectos en coche para buscar nuevas voces. Me tiene cautivado una madre de familia -raro es el día en el que no menciona a su marido y a sus tres hijos- que conduce las tardes de la Cope. Con una sencillez asombrosa y el sentido común propio de quien tiene que sacar adelante su hogar a la vez que trabaja, Cristina López Schlichting ha conseguido convertirse en tertuliana, periodista, locutora, creadora de opinión, amiga y confidente de miles de oyentes, pese a su apellido impronunciable. No tiene pelos en la lengua para llamar las cosas por su nombre, defendiendo con inteligencia y simpatía aquellos asuntos que afectan de manera directa a la mujer y a la familia. Aunque me divierten sus concursos, su tertulia, los espacios sobre teatro o cine, sus momentos de humor..., si los jueves encuentro un hueco, sintonizo su consulta sobre sexo. En contra de lo que estamos acostumbrados, Cristina y sus invitadas -sicólogas, sexólogas, mujeres también de buen juicio- no recurren a la ordinariez ni al tópico, sino que profundizan en cada uno de los temas propuestos para que la gente pueda sentirse más feliz queriendo de verdad a quien les ocupa el corazón. En pocas ocasiones he escuchado con mayor claridad y valentía la necesidad de que los padres se adelanten a los amigotes de sus hijos y les hablen de sexo sin miedo, para resolver las dudas, los miedos y los desconocimientos de los chavales y, así, evitarles complejos por una iniciación en el amor para la que no están preparados. Los oyentes que telefonean al programa me brindan magníficos testimonios, como el de esos novios que ha vuelto a ilusionarse después del desencanto de compartir su intimidad antes de tiempo, o el de esa mujer que encontró fuerzas para conquistar otra vez a su marido, incapacitado para la ternura, o el de un matrimonio que luchó por renacer de las cenizas del aburrimiento, o el de aquella pareja que perdió el temor a la posibilidad de engendrar una nueva vida, o el de algunos hombres y mujeres que han reconducido su sexualidad mal planteada y hoy disfrutan de la misma con plenitud.

Me alegra saber que entre los gurús de las ondas una madre de familia, mujer luchadora e inteligente, se abre paso entreteniendo a su audiencia sin miedo a la verdad.
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