22 dic. 2003

Acorde con la sociedad plural en la que vivimos, la Navidad también es poliédrica. Hay personas que se enfrentan a estas fechas con temor, pues les traen una oleada de recuerdos y de ausencias que les hacen caer en la espiral de melancolía, nada saludable. Otros se dejan llevar de cena de departamento en cena de departamento, y dan rienda suelta a todas sus debilidades; comienzan con la preocupación de dar cabida al mayor número de langostinos y terminan liados con la secretaria del jefe, tampoco nada saludable, sobre todo al considerar que del día dos de enero en adelante deberán seguir tratándola de usted. Bromas aparte, la Navidad tiene dos protagonistas especiales: las amas de casa, que las asumen con la deportividad de quien tiene que cocinar para un batallón unos alimentos singulares, por las nubes a causa de la coyuntura, y los niños, benditos niños que las aguardan con la esperanza de unos días mágicos repletos de juguetes y que son, a su vez, víctimas de un bombardeo comercial que rebasa lo racionalmente asumible y que, para mayor inri, comienza antes cada año.Asumo que esta sociedad, pese a ser poliédrica, observa con recelo a quienes comenten el abuso de pensar antes de actuar. Así, nos dejamos caer por el tobogán de la Navidad hipnotizados por las luces, el espumillón y unos papanoeles grotescos que desdicen de nuestras más señeras tradiciones. ¿ Qué es la Navidad ? me pregunto. ¿ Para qué nos reunimos a comer y a beber ? ¿ Por qué nos felicitamos y deseamos todo tipo de parabienes ? La ruptura de las fronteras entre las naciones de Occidente, que tiene muchos elementos positivos, está pervirtiendo nuestra cultura al homogeneizar lo que debería ser propio. Sin ir más lejos, la celebración de todos los santos y el día de difuntos es hoy una parodia norteamericana con sonrisa tétrica de calabaza, ligada a los abetos navideños que adornan algunos locales desde que se clausura halloween. Con la Navidad, para mucha gente, ha ocurrido algo parecido: el sentido religioso, único que sustenta cada una de las preguntas que acabo de lanzar, se diluye en calcetines de colorines, felicitaciones con campos nevados, renos sonrientes y un sinfín de motivos que no nos dicen nada de la esencia de estas fechas, en las que conmemoramos la locura inmensa de Dios, que ha nacido de mujer -se ha hecho hombre- para salvarnos. Además, ha escogido un momento oscuro de la historia, un país miserable pese a la Alianza trabada desde antiguo y un establo apestoso. Y lo ha hecho por ti y por mí, para regalarnos el cielo. Esto sí que es motivo de celebración, de brindis, de alegría y de regalo. Ah..., y que mueran las melancolías.
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