8 ene. 2004

Aún respetando la presunción de inocencia, mucho me temo que Michael Jackson, artista al que siempre he admirado por sus innatas cualidades para cantar y bailar, lleva diez años de indulto en el castigo de uno de los más repugnantes delitos, que de manera infame se está multiplicando en los últimos años por la abusiva proliferación de la pornografía. En el país donde todo se puede comprar, este singular personaje que ya no puede ocultar al público sus neurosis, consiguió, a golpe de millones, el silencio de unos padres también repugnantes, que utilizaron la sagrada infancia de uno de sus hijos, pervertida a todas luces por el pederasta de oro, para forrarse.

La ingenuidad de los norteamericanos no disculpa que, antes de que se propagaran los rumores sobre las desviaciones de Jackson, algunas familias permitieran a sus hijos pernoctar en Neverland. A todas luces, aquel que ha renunciado a su condición racial hasta el colmo, que se empeña en amoldar su rostro a golpe de bisturí para convertirse en, algo así, como el doble del Peter Pan del largometraje animado de Disney -con más aire de efebo asexuado que de monigote-, ofrece pocas garantías para velar las noches de sus infantes visitas. Más, cuando en los lugares estratégicos de su residencia (una habitación privada dentro del cine privado, su dormitorio, el cuarto de baño...) ha dispuesto cortinas, camas, luces tenues y no se sabe que otros subterfugios de la corrupción.Michael Jackson no es sino producto de la decadencia de nuestra sociedad, que necesita niños prodigio en el show bussines sin interrogarse sobre los juegos robados en loor del éxito. Esta sociedad que se echa las manos a la cabeza al tiempo que desea, en voz baja, que la televisión emita algún vídeo requisado por la policía con las perversiones sexuales del andrógino mutante, y no porque tenga interés en contemplar a un pequeño sufriendo de manera deleznable, sino porque hace tiempo que hemos abierto las ventanas del vouyerismo, y nada nos despierta tanta emoción como lo que sucede en la cama del vecino, sobre todo si éste es famoso y depravado.

En España también nos sobran los Michael Jackson, con o sin peineta, y me avergüenzo. Cada día los medios lanzan la carnaza en la que nos regodeamos millones de personas. Cuanto más juego dé el personaje -por chapero, puta, tortillera o maricón- mejor, porque más se puede estirar su historia de amoríos e infidelidades, un negocio barato y rentable como pocos. Hasta tal punto se ha pervertido la corrala de vecinos, que si alguien con un poco de sensatez protesta, se le tacha de fascista, de demagogo, de enemigo de la democracia y la consiguiente libertad de expresión. Mostrarnos con cámara oculta cómo son las tetas de la vaca, nada tiene que ver con la libertad que tanta sangre nos costó, y sí con una relajación de una sociedad que se merece -por su historia, por sus valores, por su cultura-, un ambiente más digno.

De un tiempo a esta parte, todos estamos bajo sospecha. Si en la tele acusan de sangrantes barbaridades al que ha llegado arriba, y hacen de su catre un nuevo ruedo ibérico en el que el público tiene derecho a solicitar las orejas del cornudo..., ¿qué detendrá a nuestros compañeros de oficina, a nuestros parientes y conocidos? A este paso, cualquiera se sentirá con derecho a tramar sobre nuestra intachable vida todo un culebrón. En este ambiente tibio, donde nada es verdad, donde todo es mentira, cualquiera puede recibir el más terrible de los sambenitos sin comérselo ni bebérselo. Que se preparen los políticos, los banqueros, los padres de familia... No podrán defenderse de tamañas mentiras, o de miserables verdades que pertenecen a una esfera íntima en la que, como en el caso de Michael Jakson, sólo debería tener cabida la justicia con su brazo implacable.

¿Para cuando un pacto mundial contra el esperpento? ¿Para cuándo una isla donde recluir, sin cámaras ni envidados especiales, a esta manifestación de locas y brujas, de cotillas impresentables que disfrazan su maldad con vestiditos de Armani? Estoy convencido que retornarían al canibalismo, y que de ellos, en muy poco tiempo, no quedarían ni los huesos.
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