5 dic. 2003

Cada tres meses mi mujer me llama a capítulo: <<te tienes que cortar el pelo.>> Aún me dejo de rogar unas semanas, hasta que yo mismo compruebo frente al espejo que el flequillo mojado me roza los hombros, y que las canas rebeldes caracolean entre mis patillas agitanadas. <<Un hombre como tú no puede ir con semejante traza>>, insiste, dorando mi vanidad. Mi hijo de cuatro años, que comienza a manifestar su propio criterio, también se apunta al acoso del padre melenudo, así como la chica que nos ayuda en casa, que se ofrece con alegría a hacer un apaño de mis greñas. Pero como no me fio de su habilidad recortadora, acudo a la peluquería del barrio, un establecimiento unisex regentado por un tal José, que se hace llamar Jose’s, como el rótulo del establecimiento, que lo mismo hace un corte de soldado como unas extensiones rubio platino.

Reconozco mi azaro en la peluquería, frente al espejo mientras el peluquero -tris, tris, tris- aligera el peso de mis ideas, ofreciéndome como entretenimiento para los clientes que aguardan turno, a los que conozco de la cola del estanco, de la panadería, del parque y del bar. Mientras Jose’s me acicala, una empleada coloca rulos sobre la cabeza de la dueña de la papelería, a la que, con el cabello mojado, me cuesta reconocer.

Soy mal cumplidor del ritual. <<¿Te lavo la cabeza?>>, me propone el peluquero. Observo que en la ducha portátil enjabonan a la solista del coro de la parroquia, antes tan oronda y ahora con aspecto de pollo mojado. Le han cubierto con una bata fucsia. En la percha hay otra bata, verde pistacho, esperándome. <<No, gracias. Ya me he lavado en casa>>, respondo con tal de librarme de semejante disfraz. Jose´s no pierde la fe en su capacidad de persuasión. <<¿Ponemos un poco de espuma para ahuecarte el peinado?>> Miro al espejo, donde se refleja la imagen de Angelita, la frutera, a la que han colocado un casquete por donde asoman numerosas mechas: parece un coco sideral. <<No, gracias. A mí, los potingues no me van.>> <<Deberías modernizar tu imagen>>, insiste el peluquero, que tiene el rictus cansado de quien lleva ocho horas de pie. <<Te propongo un corte escalonado, con algunos reflejos amarillos o naranjas, que ahora se llevan mucho.>> Mi vecina del primero, con aspecto de viña en sazón gracias a unos papeles de aluminio que le envuelven trozos de melena, aprueba la idea mientras deja caer una revista manoseada. Cuando Jose´s comienza a preparar sus tintes, me imagino cual seta andante, con el cabello bicolor. <<Ni se le ocurra>>, le advierto, <<soy una persona aburrida y tradicional>>. Jose’s se da por vencido. Tras los tijeretazos de rigor, coloca un espejo redondo sobre mi tonsura para mostrarme el cuello recién trasquilado. <<¿Un chorrrito de gomina para disparar, de manera graciosa y juvenil, el cabello del cogote>>, me ofrece, con poca fe. <<Lo mío es la raya en el lado izquierdo, Jose’s, sin más>>, respondo. Aburrido, iguala las patillas, sacude el mandil y me prepara la cuenta.Hace unos meses, mi mujer me acompañó a la peluquería y consiguió lo que parecía imposible: que Jose’s me lavara la cabeza y me la masajeara con un producto de importación, relajante y tonificante. Disfrazado con una bata rojo fresa me senté, avergonzado, frente al espejo. A mi lado, una mujer con la cabeza absorbida por un secador galáctico parecía adormecerse con el runrún de la máquina. Jose’s me aplicó la famosa espuma a la que siempre renuncié y modeló mi pelo como si fuesen clavos disparados hacia el techo; parecía que la tierra había perdido su punto de gravedad. Mientras la espuma lograba su efecto, apagó el secador de mi compañera, abrió aquella cápsula del espacio y la desplazó hacia atrás ayudándose de unas ruedecitas. Cual fue mi sorpresa al encontrarme con una vieja amiga, por la que suspiré de joven, tachonada con rulos de colores. <<Anda, eres tú>>, se sorprendió al verme de semejante guisa. <<Vaya, si eres tú>>, le ofrecí mi original respuesta. Los dos enrojecimos como unos bobos adolescentes, mientras Jose´s nos peinaba al alimón.
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