19 ene. 2004

A mis hermanos les quiero mucho, es querencia natural. Cada uno de ellos, con sus cadaunadas , forman parte de lo mejor de mi vida, y cuando nos reunimos uno la disfruta como si otra vez fuese un chaval. Aunque la Historia está plagada de hermandades gloriosas, me pesaría mucho participar con los míos en una aventura laboral. Ya se sabe: ante la familia uno se muestra tal cual es, sin oportunidad de disfrazar sus torpezas, por lo que resulta más fácil, llegado el momento de las vacas flacas, que salten chispas al sacar a relucir esos defectos que uno viene alimentando desde la cuna. Así que me maravillo ante los políticos que, nada más auparse en el sillón largamente ansiado, encuentran cargos de altura para los de su sangre, a pesar de las traiciones fraternales que vienen jalonando el mundo desde que Caín se preguntó, corroído por la envidia, la razón por la que Dios miraba con preferencia al buenazo de Abel. No es que ponga en duda las aptitudes de los familiares con los que Carod-Rovira ha sembrado los más extraños cargos de la nueva Generalitat, supongo que retribuidos con un buen sueldo, ni la de los del representante de Iniciativa, el tercer hombre del nuevo gobierno catalán, ni la de Pascual Maragall, miembro de aquel partido que en el año ochenta y dos decretó una ley de incompatibilidades con el fin de favorecer la creación del empleo, que ni bajó la cifra del paro y dificultó a muchas familias llegar a final de mes. Espero que estos familiares de la nueva aristocracia nacionalista cumplan con sus inefables compromisos, sin dejar resquicio de duda sobre su gestión (qué difícil valorar el cumplimiento de obligaciones tan prosopopéyicas), mas me viene a la cabeza un consejo que mi padre me repetía con frecuencia -por no salir del ámbito de la familia-, aquel de que la mujer del César, además de honrada, debe parecerlo. Y es que la administración de lo público no debería ser un reino de taifas en el que uno coloca a sus allegados como el que reparte premios de consolación. Nuestra democracia ha formado un granado racimo de familiares prescindibles, que una vez asentado el felipismo se atrevieron a descolgar de manera abusiva. Sobre el propio Felipe González y su cuñado Palomino se tejió una red de misterio, plagada de adjudicaciones a dedo y envidiables pelotazos. Los hermanos de Alfonso Guerra, a la par, nos brindaron el episodio más hilarante del amiguismo fraternal. El PP puso más cuitas, aunque a nadie se le escapa el poder de persuasión de Agag, el cuñadísimo de este último lustro, que se mueve con envidiable soltura por las cortes de las repúblicas europeas, refrenado tal vez por la austeridad de su suegro. En fin, que viva la familia unida, sobre todo entre aquellos partidos que hacen tan poco por apoyar la institución que vertebra nuestra sociedad, salvo cuando está de por medio un sillón de nómina y dietas generosas.
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