6 feb. 2004

La tía Carmen nos llevó a la pila de bautismo a mi abuelo, a mi madre y a mí. Tres generaciones pasamos por sus brazos mientras el sacerdote vertía el agua pronunciando la sagrada fórmula. Lo que más me fascinaba de aquella anciana, además de que me hiciera compartir su madrinazgo con los ascendientes directos de mi árbol genealógico, era que hubiese vivido a caballo de dos siglos (el XIX y el XX) y que a punto hubiese estado de conocer un tercero (el XXI). Me resulta un argumento de ciencia ficción que naciera cuando Cuba y Filipinas seguían siendo provincias de ultramar, que creciera durante los años en los que jalonaron España con las vías del ferrocarril, y muriera en la era del plástico y el ordenador, después de haber conocido el primer automóvil, los primerizos vuelos en avión y un puñado de guerras fratricidas en esta Europa, hoy felizmente unida.

A vueltas con la larga vida de la tía Carmen, en la que parece imposible que cupieran tantas cosas, he recordado mis años mozos, cuando pensaba lo apasionante que resultaría cruzar el 2000 y, con él, un nuevo milenio. Hacía cálculos: “Por entonces, habré cumplido treinta años...”, y desde mi infancia remota juzgaba que a esa edad sería casi un anciano. No soy un anciano, ni mucho menos, sino un hombre de treinta y tres años al que la nombrada efemérides comienza a quedársele lejana, porque nos hemos acostumbrado a una actualidad que pasa demasiado rápido. Durante los últimos cuatro años, por ejemplo, han nacido mis dos hijos, para quienes el siglo XX será sólo la referencia de un mundo primitivo. Puede que tengan razón, aunque gracias al cielo nuestro modo de vida en nada se parece a los augurios del cine futurista de las décadas de los sesenta y setenta. En el 2004 nadie se viste de neopreno para hacer la compra, ni almorzamos unos tristes comprimidos liofilizados, ni nos desplazamos a la oficina en platillo volante. Nuestras casas no se encuentran en Marte o Plutón, sino en las mismas viejas ciudades que construyeron nuestros antepasados.Si la tía Carmen levantara la cabeza, le costaría entender algunas de nuestras dependencias: la prisa, el móvil, la saturación de trabajo, el gimnasio, las vacaciones cada vez más divididas, el email, los programas del corazón... Sin embargo, no tendría ambages a la hora de reconocer que nuestro mundo es más cómodo que el que a ella le tocó vivir, pues resolvemos un montón de cosas apretando un botón. Durante su infancia, los niños se morían tras el paso de la gripe, y la gente sufría por la sempiterna amenaza de una guerra. Hoy la medicina ha multiplicado casi por infinito su eficacia y, salvo por el terrible riesgo de caer bajo un atentado terrorista, da gusto moverse por el mundo. Lo que no quiere decir que nos falten problemas. Basta echar, cada mañana, una hojeada al periódico para sentir escalofríos. Cuánto queda por hacer, por cambiar, por mejorar... Pero, a diferencia de los tiempos de la tía Carmen, la misión de transformar las cosas, de convertir nuestro planeta en un lugar mejor, no es labor de unos sesudos oradores de bigotes engomados y levita oscura, sino de todos.

Cualquiera de nosotros puede, a diferencia con el pasado, influir de manera determinante en la sociedad. En unos casos, escribiendo a la sección de cartas al director de un periódico. En otros, presidiendo una junta de vecinos. En los más, decidiendo –tal vez– relajar un poco nuestro ritmo, prescindir del móvil durante las horas que le corresponden a la familia, racionalizando el trabajo de cada día, combinando una sesión de gimnasio con una comida entre amigos o apagando el televisor, definitivamente, cuando asoman los faunos de la difamación y la calumnia. Ha arrancado 2004 y se presenta como un año irrepetible para quienes, de verdad, se empeñen en ser felices.
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