11 feb. 2004

Programa, programa. Ha llegado el tiempo de las promesas. Que si bajaremos los impuestos; que si repartiremos un ordenador por cada dos alumnos; que si continuaremos con lo que creemos que ya hacemos bien; que si saldremos de Irak; que si nos mantendremos en Irak; que si, aun sin estar conformes con nuestra permanencia, continuaremos en Irak... Programa, programa. Apuestas electorales, descalificación del contrario, revancha, demagogia, mitin, globo, bocadillo, autobús, campaña. Mientras tanto, las familias nos preguntamos quién nos representa, quién abandera nuestras necesidades, quién se hace cargo de nuestros conflictos, quién nos apoya, quién cuenta con nosotros para algo más que para ganarnos el voto.

Llegada la hora de la despedida, han sido numerosos y justos -a veces excesivos- los elogios al presidente Aznar. También han sido numerosas -aunque menos- y también justas las críticas a algunos aspectos de su política, e incluso a la totalidad de los ocho años que ha pasado en la cima del poder. Entre los peros que se le han echado en cara, destaca la desatención a la familia. Algo sorprendente, al juzgar el origen de muchas corrientes del PP, el carné de identidad con el que identificamos a buena parte de sus dirigentes. La marcha de Aznar ha coincidido, por cierto, con la publicación de unos datos escalofriantes, que traducen en cifras la crisis por la que está pasando la familia, célula que soporta, con su consumo y sus impuestos, la marcha del país. Cada cuatro minutos, por utilizar el tiempo como el más gráfico de los ejemplos, se rompe un matrimonio. Quince separaciones a la hora, trescientos sesenta fracasos vitales al día. Cada siete minutos, una mujer recurre al aborto en nuestro suelo patrio. Ocho abortos quirúrgicos cada hora, doscientos cinco niños de gestación aniquilada. Como culmen y resumen de tan desesperanzadoras cifras, nos hemos convertido en el país con menor fertilidad del planeta, imposibilitando el relevo generacional, por más inmigrantes que nos lleguen.Un político verdaderamente preocupado en servir, y no en hacer carrera, debería manejar estos datos al componer su colección de promesas electorales. ¿Por qué los matrimonios se rompen? ¿No se compuso la ley del divorcio para regular las excepciones de las uniones que no funcionan? Pues resulta que ahora son más las parejas que se divorcian que las que se casan. ¿Por qué cada año es mayor y más sangrante el número de abortos? ¿No se despenalizaron tres excepciones singulares y, en principio, poco probables? Pues hecha la excepción, nació la trampa de un negocio luctuoso donde los haya, que ha convertido el aborto en la única solución para los numerosísimos embarazos no deseados. ¿Por qué las mujeres en edad de procrear no quieren hijos? ¿Por qué se conforman sólo con uno? Los expertos lo achacan a la ruptura familiar, a la avanzada edad con la que las españolas tienen su primer hijo, al uso indiscriminado de anticonceptivos y a la generalización del aborto. Pero, sobre todas las cosas, a la desprotección de la familia.

En España, cuando eres padre por primera vez, todo el mundo te felicita. Ante el segundo alumbramiento, la gente comienza a preguntarse si estás en tus cabales. A partir del tercero, te consideran loco de remate. Dada la ayuda que recibimos, no está mal encaminado lo de la locura. Una española necesitaría más de cuarenta hijos para beneficiarse de las ayudas que le corresponderían en Luxemburgo por alumbrar un solo bebé. ¿Y qué son los hijos sino esperanza, renovación y garantía para el mantenimiento de un país? Pues nuestros políticos aún no se han dado cuenta, y andan prometiendo no sé qué dislates de política autonómica, pensiones, ordenadores, vacaciones pagadas... Programa, programa. Y mientras, muchas familias sin saber a quién votar.
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