27 may. 2004

Ha comenzado el centenario de Dalí con poca solemnidad. Bien es cierto que cada año celebramos alguna efemérides destacada, pues España puede enorgullecerse de haber germinado personalidades de renombre universal, lo que nos hace perder furor ante los cumpleaños de nuestros muertos. Sin embargo, por más que los documentales de La 2 divulguen la obra de literatos y artistas plásticos, la cultura –incluso en un genio como Salvador Dalí, esclavo de su propia mercadotecnia– es coto vedado, lujo de unos pocos, materia de muy difícil universalización, salvo que nos contentemos con que se vendan por millares los cristos en oro del catalán, o con que los lofts de las grandes urbes se decoren con pósters de sus manieristas metamórfosis, o las señoras de ringorrango vistan sus muñecas con relojes deformados que llevan la firma de Cartier.

¿Quién era Dalí? Un transgresor con capacidad para abarcar todos los géneros de la trama surrealista –en la pintura, la escenografía, el epistolario, la novela, el ensayo y hasta el diseño de su propio museo–, obsesionado por el yo y el dinero, gran dibujante de sueños froidianos, mecido por la lujuria y despreocupado por los misterios del hombre, por más que algunos de sus cuadros más célebres nos sugieran algunas preguntas sobre la soledad y nuestro destino. Salvador Dalí creyó haber nacido para no morir, o vivir para que cada uno de sus pasos fuese cincelado por los exégetas del escándalo.Su traza inconfundible esclavizaba a Dalí en una pos continua. Aquel bigote atufado, la melena sucia, sus barrocos bastones, el vestuario sorprendente de un artista al que no le bastaban sus pinceles para gritarle al mundo que era el mejor entre los mejores de su tiempo, años fecundos, por otra parte, de grandes pintores. Aquella adoración cuasi divina que Salvador le profesaba a Dalí, le incitaba a ir más allá: abrigos de pieles, la barretina en una España que prohibía los símbolos nacionales de sus regiones, sus declaraciones ardientemente patrióticas así como una singular connivencia con el régimen de Franco, hacían aún más estrafalario al personaje, disolviendo el poso de su obra.

Fue quizá el primer pintor que cayó en la cuenta de la posibilidad de convertir sus dones en una industria. Sus óleos perdieron la frescura de los primeros tiempos, para convertirse en un virtuosismo plagado de efectos ópticos, con un simbolismo pueril pero que gustaba mucho en Norte América. Sus retratos, lo que más me interesa de su obra, dejaron paso a un nuevo clasicismo tamizado por una visión onírica, exitosa a la hora de reproducirse en millones de postales. A partir de entonces, a Dalí dejó de interesarle el arte por el arte, y se entregó de lleno a la facturación.

Las excentricidades que vinieron después –la utilización de Gala por Dalí, o de Dalí por Gala, hasta convertirla en producto de su factoría, sus declaraciones y gestos forzados, la convivencia con un travestí o el reportaje junto a una modelo desnuda y un ocelote– no forman sino parte de la estrategia del personaje, a quien enfermaba la posibilidad de caer en el olvido.

Dalí se irguió por encima de toda moral. Lo suyo era un universo cerrado, con sus propias leyes, en el que no cabía la posibilidad de morir. Por eso provocan tanta compasión los últimos años del genio, cuando el personaje dominaba por completo al hombre –decrépito, gastado, incapaz y solo–. Las cámaras le filmaban al entrar y salir del hospital, hundido en sus camisones, balbuciendo frases que ya nadie comprendía y que, por tanto, no se podían cincelar. Le amargaban las imitaciones de su obra, multiplicadas por todos los rincones del planeta, ya que de ellas no cobraba derechos de autor. ¿Cómo se enfrentaría a sus últimas horas? ¿Rescataría al niño que fue, la inocencia de los dientes de leche? ¿Se empecinaría en representar ante la parva un nueva comedia? Lo cierto es que Salvador se marchó, con los bigotes enhiestos y engomados sin sospechar que cuando llegara la celebración de su centenario, Dalí pasaría de puntillas.
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