1 jul. 2004

No es prudente analizar algunos acontecimientos desde la cercanía, pues con la nariz pegada al suelo la realidad se distorsiona. Hay quien resume la boda de los Príncipes de Asturias con detalles fatuos, como el corte del vestido de la novia o los barrocos zapatos de la duquesa de Alba. Otros siguen quejándose de la grisura de aquella mañana primaveral, como si el color del cielo pudiera determinar el desenlace de este cuento de hadas (alguien lo calificó así en presencia de más de mil invitados) Llovió, y a cántaros justo en el momento en el que la novia iba a comenzar el paseíllo por la kilométrica alfombra roja. Los elementos desatados de la naturaleza se daban de la mano al dolor por los atentados de Atocha, pues no olvidemos que, desde el once de marzo, este enlace ha estado condicionado por la masacre, referente del futuro Felipe VI, de igual manera que el reinado de Alfonso XIII nunca perdió los ecos de aquel intento de regicidio en los aledaños a palacio. Porque aún quedan heridos hospitalizados, porque todavía está fresca la sangre y no se han curado los desgarrones del alma, aplaudo la sobriedad y contención que imprimieron los novios a los fastos, a pesar de las protestas de los que se quedaron fríos con el arrumaco en el balcón o con el paso del cortejo blindado por las calles plateadas y rosas de Madrid.La coincidencia de la boda con el proceso electoral, despertó el hambre de votos en determinado partido, que planteó no sé sabe qué juego sobre la reforma de uno de los títulos más importantes y frágiles de nuestra Constitución: el dedicado a la corona, como si el clamor popular lo estuviera pidiendo a gritos y la sociedad calificara de injusto que, tal y como marca la tradición secular, sea don Felipe y no doña Elena –primogénita de los Reyes– quien vaya a heredar los derechos dinásticos y, por ende, exigiera que la sucesión del monarca, después del reinado del actual Príncipe de Asturias, recaiga en el primer hijo del nuevo matrimonio, sin importar su sexo. Obvian nuestros juiciosos políticos las costumbres singulares y extemporáneas que vinculan al Rey y a su familia, ajenas al devenir de los tiempos. Son las que dotan de cierta aura a la institución y la elevan sobre el resto de los ciudadanos, al tiempo que atan la voluntad de sus miembros al cumplimiento de unas obligaciones vitalicias más o menos apetecibles. Estas ganas de enredar pueden hacer mucho daño: se empieza por despreciar la ilógica inercia de la Historia y se termina por hurgar en todos y cada uno de los cometidos del Rey, hasta descabezarlo.

A pesar de estos últimos lustros en paz, la convivencia entre los españoles nunca ha sido fácil. Aún ahora, cuando se impone el modelo de un mundo globalizado, nuestra peculiar idiosincrasia nos empuja a sacar de la faltriquera las más peregrinas reivindicaciones nacionalistas como veneno desestabilizador. La figura del Rey, tal y como la define nuestra Carta Magna, sin superar un papel simbólico se ofrece como lugar de encuentro y causa de unidad por encima del chovinismo provinciano. Incluso ante la barbarie –de nuevo me refiero al once de marzo, o a los más abyectos golpes de ETA–, el monarca y su familia transmiten una solidaridad que no lograría un presidente de república ligado a unas siglas partidistas ni, mucho menos, un gobierno siempre de paso. Cuidemos, entonces, entre algodones, lo que podrá evitar que un día terminemos por arrojarnos piedras de balcón a balcón. Avivemos su presencia en todos los actos que aglutinan sensibilidades tan distintas como las que jalonan la piel de toro. Ayudémosles a ser la voz de los débiles y los necesitados, así como embajadores de nuestro país allende las fronteras. No queremos Reyes para vender revistas del colorín, sino con el propósito de que la convivencia, siempre imperfecta, alcance la mejor de sus armonías.

España se levanta un día monárquica, lo sabemos, y al otro republicana. Tan marcada es nuestra deslealtad, que hemos inventado un término muy peligroso para justificar la tibieza ideológica de estos últimos lustros: el juancarlismo . El día que nos falte el Rey –larga vida–, al carecer el pueblo de fidelidades que comprometen, bastará el jaleo de cualquier político de media casta para sustituir al heredero por el primer advenedizo, o por nadie , y así nos sale más barato (sic).

Si podemos calificar de notable la gestión de don Juan Carlos, y parece inmejorable la preparación del Príncipe y su vocación de servicio, para qué entrar en probaturas de las que desconocemos sus resultados. Sería bueno que los que ahora ocupan el escaño azul hicieran memoria sobre lo mucho que deben a esta institución, que se dejó constreñir por la Ley cuando tenía en sus manos el destino de España. La igualdad de sexo frente a la herencia de la corona significaría el final de la dinastía, y sin dinastía la monarquía pierde su sentido histórico y estético, por más que esta igualdad sea deseable en el resto de las relaciones humanas. Tal vez estos argumentos no soporten otro análisis lógico que el de los hechos, porque la corona no se puede diseccionar como a un animal de laboratorio; exige aceptarla y mejorarla en lo posible, hasta que encontremos otro modelo más integrador, si es que existe.

La boda nos mostró que muchas tradiciones siguen vigentes, aunque no luciera el sol. Experimentos, con gaseosa.
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