24 may. 2004

Llegado el viernes santo, era costumbre atávica de algunos pueblos y aldeas de nuestro país, colgar de la rama de un árbol un monigote relleno de paja, vestido con un pantalón viejo y una camisa de cuellos y puños deshilachados. Contra aquel Judas de mentira, los niños se ensañaban con piedras y palos, hasta que lograban rasgarle un boquete por el que iba perdiendo su sangre de mies dorada. Los chiquillos descargaban todo su ardor contra aquel espantajo, al que culpaban no sólo de la muerte de quien después sería el resucitado, sino de los males que habían azotado al villorrio desde la última semana santa: plagas, inundaciones y sequías. Por último, antes de que el viento hiciera volar los jirones de sus ropajes, le prendían fuego, como remate a su venganza.

De la encina de todas las plazas públicas cuelga ahora la silueta de aquel hombre tranquilo, de aburrido vestir, tono monótono y ralo bigote que, sin embargo, hace no muchas semanas seguía siendo el padre del milagro español, una sorprendente receta que creaba empleo mientras el resto de Europa naufragaba a la deriva. Políticos y estadistas de nuevo cuño hicieron de él un espejo en el que mirarse, pues era capaz hasta de poner sus pies sobre la mesa en amistosa tertulia con los poderosos del plantea. Mas ahora, palo viene, palo va, son pocos los que se preocupan en recordar los números asombrosos de una economía saneada. Incluso, entre las filas de sus acólitos, aquellos que ahora se apresuran a retirar de sus bibliotecas el retrato del hombrecito del traje azul, prolifera el sentimiento de que el milagro no fue sino un espejismo que, en cualquier caso, no se debió a un programa de contención económica y liberalismo, sino a la casualidad, como si el arte de la política no existiera y fuésemos esclavos de un demiurgo que nos lleva a su antojo de la bonanza a la crisis, en un triste sarcasmo.La situación que vive Aznar ofrece no pocos motivos de reflexión. Principalmente, que la lealtad no es virtud de nuestro tiempo. Todos lo hemos sufrido de una u otra manera en el trabajo, en la amistad e, incluso, en el amor. Pero hacía mucho tiempo que no teníamos ocasión de contemplar a un héroe derrotado apenas en unas horas. No sólo perdió las elecciones a las que ni siquiera concurría como candidato, sino que está siendo pisoteado por los caballos de la revancha y escupido por cuantos pasan por la vera de quienes ahora ocupan sillones y despachos.

No tengo intención de componer un panegírico en honor del presidente. Ya ha habido quien, a lo largo de ocho años, ha sido capaz de escribir la biografía de un hombre con su tarea aún a medio concluir. También los habrá, cuando las aguas se remansen y sean mejor percibidos lo claroscuros del final de este extraño invierno que ha marcado un antes y un después de nuestra historia contemporánea. Sin embargo, porque soy escritor y no tengo deudas con nadie –para nosotros, creadores de cultura, no existen las subvenciones, ni siquiera un hueco en la cabecera de una manifestación–, prefiero no hacer leña del árbol caído, del que, a este paso, apenas nos van a dejar un puñado de astillas.

Hablábamos de lealtad, que es virtud férrea que exige nobleza en el actuar, diligencia y rectitud, por más que tengamos que tragarnos sapos y culebras. Aunque resulte árida en ocasiones, la prefiero al amor melifluo del discurso volteriano del nuevo presidente, plagado de vaguedades que le hoy le permite decir “sí” y mañana “no”, sin mudar la sonrisa. Si Aznar ha demostrado algo en estas dos legislaturas –ahora adjetivadas como uno de los momentos negros de nuestra historia–, ha sido fidelidad a sus compromisos, nos gusten más o menos, comenzando por aquel que limitó la duración de su goloso mandato. Se marchó seguro de que vendría el momento de recoger homenajes y firmar libros de honor. La terrible masacre de Atocha, a unas horas de las votaciones, truncó tan lógicos planes, y ahora es el pelele que se balancea en la encina de todas las plazas públicas. Los que fueran sus edecanes ya no le invitan a cenar mientras el nuevo gobierno, desde el <<talante y el diálogo>>, ha encontrado un Judas al que responsabilizar de los desmanes que sufra España en los próximos lustros.
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