7 jul. 2004

En contadas ocasiones me asomo al televisor para seguir un partido de fútbol. Nunca me ha gustado el deporte rey (nunca me ha gustado demasiado el deporte) y he llegado a aborrecerlo desde que sus bambalinas copan los informativos y los niños se saben al dedillo la recua de busconas que se acuestan con los jugadores afamados. Antes cantaban las alineaciones de los equipos de primera, habilidad que me llenó de asombro durante mis primeros años de colegio. En todo caso, lo acontecido en la Eurocopa ha devuelto al fútbol su dignidad: los más humildes han dado una lección a las selecciones de las estrellas, aquellas de los países de la OCDE en la que sus jugadores, en vez de salir de un vestuario parecen saltar al campo directamente desde un salón de belleza, a juzgar por sus poses, la depilación de las piernas y pectorales y hasta las mechas y moldeados con los que hacen bailar la melena. Las primeras semanas de este lánguido verano han estado cargadas de alegría. Cada vez que un equipo de starlettes regresaba a su país con el rabo entre las piernas, parecía más fácil el triunfo de los humildes.

Llevamos unos cuantos meses padeciendo el fenómeno Beckham. Nos lo vendieron como un astro inglés, mas en vez de goles y buen fútbol encandila al personal con sus aires efébicos y las facturas de su mujer cada vez que la Spice sale de compras. El mancebo aparece un día con brillos pajizos en el tupé; al siguiente se ha rapado el cabello; más tarde se deja patillas; después, se corta las patillas y luce una perilla caprina; de la perilla pasa a las extensiones y las horquillas, y de las horquillas a una ridícula coleta a modo de antena. Esto no es un deportista, sino un narciso pegado al espejo. Uno se acostumbra a verlo en las revistas del corazón y hasta en las amarillas presumiendo de calzoncillos. Es el icono metrosexual , una palabra que abarca toda la estupidez de la estética contemporánea, y se deja querer por ellos y por ellas, y le pagan reportajes en los que se muestra ardoroso con su muñequita cantora, y se echa cremitas, y se espolvorea la cara, y mueve un glúteo y después el otro, y con ese movimiento le inventan una biografía de trescientas páginas, que ni al mismo Churchil. Pero de fútbol ni una, a pesar de la perilla y la coleta, a pesar de los pendientes de platino y brillantes en grácil armonía. A lo mejor sus piernas se resienten de caminar sobre los tacones de la fama. A lo mejor le ha llegado el momento de pasar su ficha al síndico del Moulin Rouge.

Mientras admiraba la compacta defensa griega en la final contra Portugal, me sorprendí al descubrir jugadores como los de antes, sin abalorios –salvo los pendientes de un delantero luso-, algunos con la tonsura del tiempo sobre la cocorota, y hasta con canas el portero ateniense que no permitió a nuestro país vecino la gloria de una victoria soñada. El balón plateado se movía de acá para allá, había buenas jugadas, la afición bramaba al paso de los minutos, el arbitro no perdonaba una sola falta y hasta los profanos creímos encontrarnos ante un deporte nuevo en el que los jugadores sólo interesan durante los noventa minutos en los que pelean como jabatos sobre la hierba iluminada, y no en el vestuario o cuando pasean con señoritas de buen ver por los bares de moda.

Estamos pasados de rosca, también en el fútbol. La derrota temprana de nuestra selección en la Eurocopa y el anterior hundimiento de los equipos de filigrana de nuestra liga nacional, debería hacer recapacitar a quienes han convertido la bella lucha por el gol en un negocio en el que se mezclan fichajes con solares recalificados, guanderbrás y patrocinios con tintes para realzar el perfil del jugador. A este deporte, bizarro y pasional, le sobran marujas con botas de tacos, por muchos ceros que luzcan sus traspasos, y le faltan delanteros, defensas, laterales y mediocampistas como los que llenaron la noche lisboeta del mejor balompié.
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