2 jul. 2004

Nada hay menos varonil que maltratar a una mujer. La violencia, física o psicológica, sólo refleja desequilibrio personal por parte de quien la ejerce, de tal manera que a aquel que la utiliza se le puede llamar, sin ánimo de ofender, energúmeno. Según los medios de comunicación y las estadísticas policiales, nuestro país está repleto de energúmenos y hasta de asesinos que descargan sus frustraciones contra quienes tienen más a mano, eso sí, siempre que no posean fuerza o valor para defenderse.

Se equivocan las feministas de partido al argumentar que los malos tratos se deben a los privilegios que aún disfrutamos los hombres, como si el ejercicio de la fuerza bruta fuese connatural a la condición histórica del varón. Hace tiempo que la sociedad aceptó las diferencias complementarias entre el varón y la mujer, y con ese dinamismo nos desenvolvemos. Uno, por haber nacido hombre, no tiene dentro una bestia que en cualquier instante puede estallar sobre el rostro de su compañera. El asunto es más serio, y no conduce a una sola respuesta.

Celebro que una de las primeras medidas del nuevo gobierno verse sobre la seguridad de las mujeres maltratadas, aunque estoy convencido de que no será una ley –por mucho que se agraven las penas– la que pacifique los hogares que sufren este infierno. Ha llegado el momento de pararse y analizar las causas que alteran la paz de la gente, los motivos que empujan a un hombre a dar la primera bofetada, así como las razones que retraen a la mujer a soportar en silencio tanto dolor.Nuestra sociedad ha cambiado a velocidad de vértigo. Nos hemos adaptado a modelos de convivencia que tienen poco que ver con nuestra tradición. La fidelidad, sin ir más lejos, ya no es un valor de referencia. Hoy contigo y mañana sin ti, parecen resumir la letras de numerosas canciones, los argumentos de las novelas de moda, el hilo de las películas más taquilleras. Muchas parejas carecen de un proyecto común y su ilusión muere al ritmo que se agosta la pasión efervescente. Tenemos miedo a que el compromiso se evapore en cuanto el otro conozca a una persona con mayores encantos que los nuestros. Entonces, hasta respirar se convierte en motivo de duda, y la duda en odio. En una cuesta abajo, el amor deriva hacia la tortura de los celos.

No pretendo resumir de manera simple un problema de tan grandes dimensiones. Sólo constato que hemos creado un mundo de infinitas verdades, en el que cada vez tienen menor cabida los ideales con fundamento. Hoy, si hablas de fidelidad, de exclusividad, de matrimonio, algunos se sonríen, como si el amor fuese un ideal inalcanzable y tu proyecto una quiniela para el desencanto. Soy consciente de que detrás de la violencia doméstica también se esconden la adicción al alcohol y las drogas, la pobreza, el desequilibrio de algunas personalidades, la falta de diálogo y la sumisión de aquellas mujeres que no saben romper, de una vez y para siempre, esa argolla de esclavitud que les oprime el alma.

Por eso, al tiempo que los políticos enmiendan las leyes, ha llegado el momento de profundizar en los orígenes de esta lacra. Necesitamos escuchar despacio a las mujeres agredidas, a los hijos que sufren el despotismo de un canalla, a los jóvenes que consumen otros géneros de violencia –en el ocio, en el deporte...–, pero también a quienes se esfuerzan por elevar los ojos de la gente hacia realidades más satisfactorias que el mero bienestar y, sobre todo, a los que han triunfado en la estabilidad de sus afectos. Hay tantas mujeres que se sienten satisfechas de su vida familiar, que podrían ofrecernos pautas seguras y contrastadas para que una relación no sólo no naufrague, sino mejore con el paso del tiempo. ¿No ha llegado la hora de que los medios de comunicación hablen de estabilidad conyugal, de educación de los hijos, de generosidad, de alegría...? Debemos construir la sociedad en positivo, y no a base de tiritas contra lo que ya no tiene remedio.
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