27 jul. 2004

En tiempo estival, la televisión se sume en una pereza sesteante, como si el bochorno y la calima cayeran a plomo sobre los estudios de las cadenas. Es época de reposiciones, viejas series que ya se han vendido por entregas en el quiosco, de telefilmes “basados en hechos reales”, de lánguidas tertulias sobre el primer baño de la Obregón, de concursos repletos de golpetazos y mojaduras con los que el personal se desternilla, de presentadores desempolvados del sueño de los justos, los que tocaron la gloria en la tele de los setenta, ochenta y noventa, y aún se empeñan en hacernos creer que no hay nada tan edificante como un karaoke en la plaza mayor.

Relaciono la televisión del verano con festivales baratos en los que Karina se convierte en la estrella invitada, después de un desfile de biquinis, el ventrílocuo de turno, fuentes de colores, balet de plantilla y despelote a partir de medianoche. Todo es cutre, salvo lo que nos llega desde fuera (el tour, mundiales de atletismo, las olimpiadas...), por más que sus personajes se disfracen de vacación de mentira y griten de alborozo cuando se salpican en la piscina del plató. Las misses se hacen con el micrófono, los humoristas de cuarto de pelo embadurnan la pantalla de chistes malos y se rifan euros (miles de euros que después se quedan en casi nada y siempre le tocan a una estudiante de Valencia). El público que aplaude a golpe de realizador ya no es heterogéneo; está compuesto por casi todos los abuelos a los que sus familias no les han dado la oportunidad de veranear. A cambio de autobús, bocata y mil duros, se descomponen al fuego de los focos y se entretienen del ferragosto implacable, pues les permiten bailar agarrados cuando se descuelgan los títulos de crédito.Dicen que el verano es tiempo para ver la televisión en familia. Mi vecino coloca el aparato junto a la ventana y despliega un montón de sillas en la terraza, que se convierte así en un ensayo de cine al aire libre. Un resplandor azul prende el patio, que retiembla con los desacoples de Karina y la propuesta de ganar seis mil euros por parte del presentador calamitoso. Mis vecinos se arroban ante los programas nocturnos en los que participan niños, especialmente aquel donde los pequeños cantan y se retan en un duro concurso para alcanzar la fama. También yo me he asomado a Eurojunior, donde los concursantes dicen tener doce y trece años, por más que parezcan los habitantes de un grotesco callejón de los deseos, el callejón de la tele de verano. Ellas –niñas de rueda y era– van maquilladas como tiples y juran que han nacido para triunfar en la canción. Aunque deberían dedicar las vacaciones a pasear en bici y merendar nocilla con las amigas, estos pequeños monstruos han escogido la dura competencia por el éxito, por más que los auténticos monstruos sean sus progenitores, que quieren chalet adosado a costa de la infancia perdida de sus hijos.

A partir de las diez, dedican a los hogares de España los ritmos y letras de las canciones de sus ídolos. Anoche mismo, una chiquilla muy simpática interpretaba una balada en la que solicita que le hagan el amor. Cosa azarosa, lo juro, escuchar a una mocosa letrilla tan inadecuada para sus edad de juegos y ensoñaciones, pero ya he advertido que no son niños, sino pequeños monstruos que se echan a llorar y se abrazan a sus profesores cada vez que superan un reto, como si la sensible adolescencia se les hubiese adelantado, o que confiesan soliloquios del alma a una cámara miserable, como si existiera derecho a rascar la intimidad de un niño. Tal vez les parezca exagerado, mas por nada del mundo quisiera que cualquiera de mis hijos entrara en ese negocio. Niños artistas los hemos tenido siempre, en ocasiones verdaderos genios, pero sin un notario que nos transmita, segundo a segundo, los resortes de su mundo interior. Aquellos niños cantaban como niños canciones para niños. Ahora los disfrazan de inadaptados y cantan para jóvenes salidos. Esa es la diferencia.
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