5 ago. 2004

Como la desgracia ha ocurrido en los albores del verano, estas vacaciones prometen la compañía infatigable de Carmina y sus circunstancias, es decir, esa corte de majaderos que siempre acompaña a los majaderos principales y que, como en el infantil juego de las sillas, han tomado posición en los asientos de las televisiones y la prensa. Carmina por aquí y por allá, excesos y defectos de la diva de la nada, un nuevo paradigma para esta sociedad necesitada de referentes, aunque sea el paradigma del malvivir, de la estupidez elevada al cubo, a la portada de la revista del colorín en la que lo importante no es el contenido –basta leer los titulares de cualquier exclusiva–, sino el continente: el cuerpo bello y famoso, la colección de desamores, la cama siempre generosa para recibir a un nuevo arribista...

Los populistas del mundo entero tienen una santa, Evita Perón, para la que compusieron un tatareable musical, por más que a través del libreto se confundiera a la reina de los descamisados con una cabaretera venida a más. Algo parecido se merece la Ordóñez, a tenor de lo que se escucha y leemos sobre ella durante este mes de asueto: según los cronistas de lo rosa, fue una mujer libre, entregada al amor, que apuró la vida a grandes dosis y cuyas cenizas han regresado a su escenario natural, las marismas de Doñana, para volar libres. Carmina también necesita su musical para terminar de mitificarla. Quedaría, además, una obrita con personajes muy atractivos: el padre que torea el aire con las piernas zambas, el primer marido que abraza la muerte a portagayola con sus ojos verdes como el mar de Cádiz, el tío que lo mismo caza con Franco –Franco cantando como el Che, ¡menudo filón!– que se encama con el animal más bello del mundo o le baila el agua a Picasso –Ava y don Pablo Ruiz interpretando a dúo una habanera mientras el público ventea sus pañuelos, ¿se imaginan?–, el hijo que sigue los pasos fúnebres del padre muerto, por más que los caireles del traje de luces aparenten la alegría de la fiesta, la duquesa díscola que se presta a formar parte del folletín, y los fotógrafos, siempre los fotógrafos, que podrían hacer una vistosa coreografía cámara en ristre, acompañados por los maridos y los amantes que completaron la colección de hombres de nuestra protagonista. Y antes del final del segundo acto, Carmina entonaría el número principal, la canción llamada a medirse con el emocionante “No llores por mí Argentina” de Evita Perón, con sones de pasodoble y baile de capotes.Lo que escribo no pretende ser una burla, por más que se indigne algún suscriptor del “Hola” que ha elevado a Carmina a los altares profanos. Es un desahogo de este pequeño escritor que contempla, estupefacto, cómo se presenta como digno un vivir tan estúpido y vacío como el de esta pobre mujer que no tuvo oficio, por más que el cuantioso beneficio lo cobrara a través de agencia y se lo bebiera en una sola noche. Carmina Ordóñez carece de argumentos siquiera para entrar en el parnaso de los fracasados, ya que jamás tuvo un proyecto en el que emplear sus dones. Fue del capricho a la nada, de la nada al vacío, del vacío al hondón de una muerte lamentable, siempre con un reportero pisándole los talones. Y así es imposible la libertad, por mor de los vientos de las marismas. Era guapa, una belleza racial a la que supo sacar provecho pero no enriquecer con un poco de contenido. Si de algo ha servido su vida mendicante, su muerte abandonada, es para mostrarnos la venganza de la droga, que vacía los cerebros y tronza los corazones en la flor de la vida, por más que la suya fuera flor de otoño. Su existir, ese ir dando tumbos de cama en cama, no fue –lo siento panegíricos del couché – rico en amores, sino en frustración. Ya va siendo hora de que reconozcamos que en el amor sólo triunfan los que saben cuidarlo y mantenerlo, y ven llegar juntos, fieles, la senectud.

Así que a Carmina Ordóñez, aquella pizpireta Carmuca que decía que mi hermana, de niña, se parecía a Mafalda, y con la que recordé, hace unos años por las calles de Sevilla, la amistad que unía a sus padres con mi gente, sólo puede redimirle ante el mundo un musical como el de Evita, y ante Dios la oración que nace de la piedad de quienes de verdad la quisieron, al margen de los majaderos que aún le sacan rédito por los platós
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