18 ago. 2004

Bilbao arde en fiestas, y las fiestas giran –al menos, sobre el papel– alrededor de las corridas de toros. Y al igual que en Bilbao, antes y después del día de la Virgen apenas queda ciudad o pueblo que, por los cuatro puntos cardinales del mapa, no celebre a su santo patrón en el ruedo. En algunas plazas, los tendidos se llenan a revientacalderas. En otras apenas se cubre un cuarto del aforo. Son muchos los millones de personas que se acomodan sobre la dura piedra o en la más cómoda y fea silla de plástico, a precios nada asequibles, para disfrutar o sobrellevar la lidia y muerte a estoque del feroz animal. Sobre los veletos pitones y la capa zaína o mulata, se descuelgan muchos siglos de historia y de cultura –¡de gran cultura!– que trascienden a la arena, pues han calado en nuestro lenguaje y costumbres. Las corridas de toros podrán no gustar. Podrán, incluso, repugnar por su indiscutible crueldad –crueldad repleta de sentido y belleza para los buenos aficionados, para los poetas y pintores que se han recreado en sus suertes, para los turistas que aún llegan a nuestro país con interés en asistir a la lucha entre el animal ciclópeo y el diestro–. Las corridas, decíamos, podrán interesarnos más o menos, pero nadie puede esgrimir argumentos, ni siquiera económicos, para que dejen de formar parte de la programación de la televisión pública.Es cierto que no nos encontramos como en la década de los sesenta, cuando la alternativa de El Cordobés , por ejemplo, colapsaba los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. El mítico Curro Romero reconocía que el negocio taurino entró en declive cuando los españoles accedieron al seiscientos y, con él, a la posibilidad de pasar el fin de semana en el campo, lejos del cartel de toros dominical. Sin embargo, es difícil encontrar una entrada en muchas ferias –tan largas como la de San Isidro, o en muchas de las del norte o la vecina Francia–, y durante las mismas muchos bares ofrecen a sus clientes la posibilidad de presenciar la corrida que emite algún canal de pago mientras se beben unas cervezas, y los porcentajes de audiencia cantan a favor del toro cuando las figuras del escalafón se cuelan en nuestros hogares.

La fiesta lleva años maltratada por el sistema y la televisión. Por de pronto, a pesar de su señuelo cultural, es competencia del ministerio del Interior, sin subvenciones ni planes de promoción y desarrollo, por más de los millones de euros que cada temporada deja en las arcas públicas. A pesar de ser el segundo espectáculo de masas de nuestro país (en el que nos ahorramos el tostón de los traspasos y las declaraciones insulsas), los telediarios sólo le ofrecen algunos segundos con ocasión de una espeluznante cornada, ninguneando la rica y compleja tragedia de la lidia, el apasionante manejo del toro en el campo y los sacrificios del chaval que sueña coronar la gloria de la puerta grande y, en apenas unos minutos de valor y destreza, lo consigue. Lamentablemente, la caja tonta sólo paga por la sangre del torero y por el submundo rosa de los coletudos.

Adivino en los planes de la señora Caffarel, dos aviesos propósitos. El primero, dar con esta medida gusto a los socios nacionalistas del gobierno catalán, que desde hace años exigen que se prohiban las corridas de toros en televisión, justificándolo con una grotesca caridad hacia los niños que, en el mismo horario, regurgitan la bazofia de los talk shows . Esto si que es lobby , chusco y miserable, capaz de prohibir a millones de telespectadores el gustazo de contemplar una corrida de toros (muy bien retransmitidas por el equipo de Fernández Román y Galinsoga, por cierto). El otro propósito –espero equivocarme–, busca premiar a quienes tienen el monopolio de la televisión de pago, que se quedarían con la tarta completa de las mejores ferias taurinas, por atacar con tanta inquina al señor del bigote durante la jornada de reflexión de las pasadas elecciones generales. Todo tiene un precio, también ese talante en el que, en teoría, cabemos todos, también los aficionados a la fiesta.
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