5 mar. 2005

Qué cortas se hacen las horas cuando somos novios. Hemos pasado la tarde recorriendo el barrio viejo –escaleras arriba, escaleras abajo–, deteniéndonos en los cafés, en las tiendas de los chamarileros, en el viaducto desde el que contemplamos el atardecer malva sobre los montes. Después nos hemos sentado en el velador de una cafetería y hemos hablado y hablado hasta gastar las palabras, aunque de novios las palabras no se gastan, se multiplican a medida que las pronunciamos, y entre una historieta y otra se nos escapan mil te quieros, mil promesas que deseamos llegue el tiempo de poder cumplirlas. Y después, cuando las farolas han prendido de brillos naranjas los callejones de los gatos, caminamos de la mano, caminamos abrazados entre los oficinistas, los borrachos, los basureros, las secretarias que regresan a sus casas. Nosotros no tenemos prisa. Somos novios. La ciudad es nuestra. Los adoquines del barrio viejo conocen el eco de nuestras pisadas y elevamos al vuelo –como si fueran cien mil mariposas– nuestras conversaciones regadas de carcajadas, de canciones, de susurros, de futuro, de felicidad...

“El tiempo pasa/ nos vamos poniendo viejos/ Yo el amor/ no lo reflejo como ayer...” canta Pablo Milanés ante la corrupción del amor, porque muchos creen que ese amor de ilusiones que glorificamos de novios no puede perdurar. Creen que las promesas del hombre y la mujer tienen un limite, que la eternidad en los sentimientos es imposible. Nuestra sociedad desprecia la fidelidad y, sin embargo, son muchos –tal vez mayoría– los matrimonios que no dejan apagar la llama que encendieron esas tardes de noviazgo en las que recorrían el barrio viejo de sus ciudades gritándole a las piedras lo mucho que se querían. Si esos amores resisten la corrupción del tiempo que se marcha..., ¿por qué el nuestro tiene que claudicar?Salvo casos contados, el amor no se rompe en un repente. Se va desgastando en una sutil cuesta abajo que en ocasiones comienza después del viaje de bodas, cuando ya no tenemos tanto tiempo para visitar los callejones de los gatos, cuando juzgamos que ya no es necesario caminar de la mano como dos colegiales. Si de novios hacíamos lo posible por no caer en la rutina, ¿porqué ahora nos acomodamos en una lacia monotonía? Si de novios nos faltaban horas para contarnos todo lo que atesorábamos dentro del corazón, ¿por qué ahora nos cuesta tanto esfuerzo dedicarnos tiempo?

Si el silencio por sí solo puede romper un noviazgo (dos novios callados terminan por aburrirse), también hace añicos un matrimonio. Cuando mi mujer y un servidor comenzábamos los preparativos de nuestra boda, aprovechamos un sábado para almorzar en un restaurante de campo. Junto a nosotros había un matrimonio cincuentón que comió con parsimonia, sin dirigirse la palabra hasta que pidieron la cuenta. Nos asustó tanto aquella imagen viva del declive del amor, que después del postre juramos que haríamos todo lo posible para impedir que el silencio helara nuestras vidas.

A menudo conviene apagar la televisión, descolgar el teléfono, desconectar el móvil, cerrar el periódico y acostar a los niños. Es nuestro tiempo, el momento más sagrado del día, la fórmula para que el amor no se marchite. Se pueden cambiar las palabras por miradas, por caricias. En ocasiones podemos repetir lo que dijimos el día anterior, ¡qué más da! Lo importante es que estamos juntos, como ayer, cuando subíamos y bajábamos las escaleras hacia el viaducto desde el que se contempla el anochecer malva sobre los montes. Somos los mismos. Tú y yo. Un poco más mayores. Un poco más cansados. Pero no hemos permitido que el silencio, maldito silencio, ahogue las promesas que eternizan nuestro amor.
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