22 mar. 2005

Este año las vacaciones de Semana Santa han madrugado. En algunos lugares ni siquiera se han retirado las lenguas blancas de este larguísimo invierno, un contrasentido ante unas fechas que huelen a torrija y hachón, a palma aceitada y flor de naranjo. Las carreteras se preparan para la infinita sierpe mecanizada, aunque esta vez queden plazas hoteleras, ya que no es lo mismo un respiro a mediados de abril frente al mar que promete verano, que un paseo por una playa que cruje de escarcha. Ante el laicismo agresivo y cursi que nos revolotea, la Semana Santa acabará por perder su nombre, que no su significado. Los amantes de términos vacuos se referirán a ella como la fiesta de la primavera o el puente de la playa y la montaña. En vez de domingo de Ramos, cargado de tradición y filigrana vegetal, hablarán del día del equipaje. No habrá jueves Santo sino jueves de la amapola. Tampoco viernes Santo ni procesiones con retumbe de tambores, gritos de trompeta y paso silencioso de penitentes, sino manifestación de la concordia y desfile por la paz. El domingo de Resurrección no televisarán la bendición Urbi et Orbe, sino la ceremonia de una logia de ademanes democráticos, y a nadie se le ocurrirá felicitar la Pascua sino la llegada del tiempo de las flores y la buena ventura. Los niños no tendrán por qué besar las llagas de una talla de madera, no les fuera a crear un trauma, ni buscarán huevos de Pascua entre los herbazales del jardín o del parque.Gracias a Dios, ya no se cierran los cines ni se clausuran los espectáculos públicos durante la Semana Santa, lo que no obsta para que el significado de estos días esté empapado de sentido religioso, que por supuesto no está reñido con el asueto y el descanso lejos de nuestra residencia habitual. España no necesita la proyección de “La pasión” de Gibson para que en sus pueblos y ciudades la devoción pública cobre una especial dimensión. Para algunos se trata de una mera manifestación cultural, apreciación vaga si juzgamos el interés que se toman los que participan en las celebraciones de Semana Santa (triduos, oficios, monumentos eucarísticos, ejercicios espirituales, procesiones…) Durante estos días me acompaña el libro que recoge las visiones de Ana Catalina Emmerick, mística alemana beatificada en 2004, que con una descripción detallista narra las últimas horas de Jesucristo en la tierra, profundizando en un misterio que va más allá de la serpiente de automóviles que reventará nuestras carreteras, de las plazas hoteleras aún disponibles o de los pasos de la iglesia más perdida de nuestra geografía.
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