2 abr. 2005

Unos minutos antes de que comenzara la intervención con la que le han colocado una sonda nasogástrica, Juan Pablo II se ha asomado de nuevo desde la ventana de su despacho para bendecir a los fieles del mundo (como en un ensayo de su postrera despedida), tanto a los peregrinos que le acompañan físicamente en el calvario de su enfermedad, apostados bajo la columnata como si de un nuevo cuerpo de guardia suiza se tratara, como a los que nos unimos a él desde la distancia, por los cuatro puntos cardinales del planeta. Es el viaje de vuelta de todos y cada uno de sus centenarios viajes: ahora que el padre no puede desplazarse, somos sus hijos quienes surcamos los caminos metafóricos del mundo para unirnos a su dolor y a su esperanza liberadora.

¿Qué es el Papa? Uno de los más asombrosos misterios, lastrado por más de dos mil años de historia. Un fraude –en palabras del mismo Wojtyla- en el caso de que no aceptemos la Revelación, según la cual Jesús confirmó a un temperamental pescador para pastorear a sus seguidores, un pastoreo que comenzó con la abjuración al Cristo lacerado por los dolores de un proceso injusto y mortal, hasta el asesinato cabeza abajo de quien se propuso cristianizar el imperio pagano. El Mesías concedió a Pedro, y por tradición a todos sus sucesores, autoridad para atar y desatar en la tierra lo que es atado y desatado en el cielo, es decir, el Papa es un designio salvífico que va más allá del gobierno de una institución universal, porque la Iglesia no es una multinacional de lo inverosímil –como juzgan los descreídos- sino cuerpo de aquel mismo Dios hecho hombre que vivió y murió hace tanto tiempo, perpetuado a través de los siglos en el sacramento eucarístico.Juan Pablo II ha sido el vicario de Cristo durante una de las épocas más llamativas de nuestra Historia. Su larguísimo pontificado está repleto de luz y contradicciones, en analogía con la existencia del mismo Jesús, que fue motivo de alegría y escándalo para sus coetáneos. A su riquísima predicación, que bebe constantemente de las fuentes del Concilio Vaticano II, se ha unido la doctrina de su propia vida, porque el Papa, antes incluso de su elección y sin saberlo, es un ejemplo de dignidad que sobrepasa el horror nazi, el azote comunista, el dolor de un atentado, el peregrinaje incansable por todos los países y la decadencia en directo de una enfermedad devastadora.

El papado ha estado sembrado de santos, de hombres ilustres, de personajes siniestros y de testigos de la fe, como si Cristo hubiese querido gustar todas las posibilidades de la naturaleza humana ante la promesa de que la barca de su Iglesia nunca naufragará. A los hechos me remito. Después de dos mil años, y a pesar de los pesares, el depósito de la fe está intacto. No sólo eso; a través de sus santos y, sobre todo, de la labor callada de sus fieles, la redención sigue siendo tan operativa como en el año cero. No faltan los errores, el pecado y hasta el escándalo en algunos de sus miembros (en todos sus estamentos), mea culpa que no se ha caído de la boca de Juan Pablo II, persuadido de que quien hace cabeza debe cargar con las deshonras de los hijos y repararlas.

Cuando pienso en los últimos veintiséis años, no sé escoger los momentos más fecundos de este papado. Comprendo que la estética me sugiere aquellos tiempos en los que era reconocido como el <<atleta de Dios>>, en los que utilizó con maestría sus dotes dramáticas y el don natural de la simpatía para ganarse el cariño de la gente. Sin embargo, durante estos últimos tiempos en los que su cuerpo se ha escorado y ha perdido la voz y hasta el rictus amable, el Papa se me hace aún más cercano, más verdadero. No quiere renunciar, porque Jesús no quiso bajarse de la cruz: toda una meditación sobre la naturaleza del misterio petrino, en el que ha disfrutado de las mieles del monte Tabor (aquellas calles, plazas y estadios repletos de gente coreando su nombre) y de los quebrantos de la vía Dolorosa (la última bendición Urbi et Orbe es la mejor prueba del valor corredentor de la enfermedad).

La muerte de Juan Pablo II sacudirá al mundo, porque se nos marcha un padre bueno. A la vez será la culminación de una vida a la que Wojtyla marcó –desde joven- el rumbo de la eternidad.
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