29 oct. 2005

Los índices de soledad se multiplican a la par que evoluciona la electrónica. Cuando paseo por la calle, me asombra el empleo desenfrenado del móvil, con motivo o sin él, gente que llama, que recibe llamadas, que rompe hasta los silencios sacros con una melodía fuera de lugar, que escribe mensajes, que lee mensajes... Los psiquiatras hablan de estas dependencias novísimas, de la floración de enfermedades obsesivas que tienen a la soledad, una soledad de tumultos, como protagonista. En ocasiones parecemos reflejos de mister Bean, capaz de enviarse cien correos electrónicos a sí mismo para sentirse un poco acompañado. Patético pero real, a ver si no de dónde salen esas conversaciones a triple banda en internet, en las que suplantamos personalidades variopintas y somos capaces de confesar incluso aquello que no conoce ni nuestra sombra. El móvil, también el de última generación, ni siquiera imita el calor de la sangre, del tacto, del dulce aliento, pero hay familias que sólo se tratan a través de él, larguísimas conversaciones metalizadas por un satélite, por más que los hermanos vivan bajo los humos de la misma ciudad. Es la soledad de quien se considera rodeado de amigos porque su bandeja revienta de mensajes encadenados, de aquel a quien le llega un chiste y es capaz de remitirlo a más de quinientas direcciones, muchas de las cuales no tienen cara ni alma. El hombre sin rostro, sin dudas, sin compromisos, sin pesares asciende una montaña de risas, de sonidos, de soledad mientras tú y yo nos vamos a tomar el aperitivo para charlar de todos estos años, viejo.
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