26 nov. 2005

Leí una entrevista que José Luis Olaizola mantuvo con Julián Marías, dedicada a profundizar en la eternidad según la singular visión del filósofo. Marías vivía con la esperanza de encontrarse con Lolita, su mujer, que falleció un día de Navidad en el comienzo de la década de los setenta. Sigue enamorado de ella, como el primer día. Es un amante nonagenario que anhela la eternidad, ese tiempo que no acaba, para compartir su dicha sin fin al lado de ella. Para él, esta esperanza se fundamenta en el misterio de Dios, que si nos ha creado con capacidad para amar en exclusividad, nos dará un cielo en el que ese amor se sublime y perfeccione, un cielo en el que volveremos a disfrutar de la compañía de los nuestros, especialmente de los más amados. Y por eso, cuando Javier moría hace apenas un par de semanas, entregándole a Cristo la juventud de sus cuarenta y tres años, el dolor de sus ocho hijos y todos los proyectos de José, ese bebé que a punto estaba de asomarse al mundo, Paloma, su esposa, le observaba con la emoción trémula de quien confía en las misericordias divinas, es decir, de quien está persuadida de que la muerte es sólo un compás de espera para los enamorados. <<Qué feliz ha muerto>>, me confiaba en un abrazo que me hizo estremecer, <<¡cómo le quiero!>>. Porque Javier se fue al cielo abrigado por el calor de Paloma, que le susurraba al oído oraciones llenas de esperanza, peticiones para cuando su marido estuviese frente a Jesús. <<Espérame en el cielo>>, le confió. <<Allí te aguardo>>, le dijo él en su última mirada.
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