3 dic. 2005

El matrimonio tiene sus crisis, ¿quién lo pone en duda? Hace unos días el mío, sin ir más lejos, pasó a través de serias turbulencias… No me asusta reconocerlo, en la vida no todo es del color de las rosas, existen también momentos amargos, en mi caso casi siempre propiciados por las manualidades caseras. Ya lo he contado en alguna ocasión aprovechando estas mismas páginas: la taladradora y un servidor no se entienden, por más que mi mujer se empeñe –de cuando en cuando- en no llamar al carpintero y animarme a colgar un cuadro o poner unas estanterías. Ella opina que es saludable quitarme los miedos ante las chapucillas caseras, así que compra ese tipo de carpintería menor en un conocido gran almacén en el que los muebles y complementos vienen casi construidos, con la única exigencia para el cliente de un breve montaje, especial para torpes. <<Esto lo monta un niño>>, aseguran los dependientes ante el artilugio perfectamente construido y rematado. <<Un niño tal vez>>, pienso al entregar la tarjeta de crédito a la cajera, <<pero yo no>>.

Mi santa, a pesar de los años que van pasando, erre que erre, no cae en la cuenta de que me adornan un montón de virtudes, mas no precisamente la agilidad de los “manitas”. A pesar de las apariencias, mi torpeza me impide incluso martillar un clavo sin que se doble o me golpee un dedo. Y por su bienintencionada insistencia, llegan nuestras crisis matrimoniales cuando la pared inmaculada queda ensartada de boquetes de los más variados perímetros, casi nunca en el lugar indicado por las instrucciones diseñadas para niños, por más que me haya afanado en medir distancias con todos los artilugios de la caja de herramientas.Unas estanterías que se montan en un abrir y cerrar de ojos, pueden provocar –y de hecho provocan- las más desabridas discusiones. Que si no te has leído el manual, que si me lo he leído de cabo a rabo, que si entonces cómo es que ha quedado la balda torcida, que si la culpa no es mía si el suelo de nuestra casa tiene una pendiente de treinta grados, que si ni treinta grados ni sesenta, que lo que ocurre es que siempre estás pensando en tus artículos y en tus novelas, que si la culpa no es mía si prefieres ahorrarte unos duros a que venga el carpintero, que si Menganito, el marido de una amiga mía, es capaz de montar y desmontar una librería de seis pisos en menos que canta un gallo, que si entonces que venga el marido de tu amiga a colgar esas malditas estanterías…, y claro, a este ritmo de improperios no queda más remedio que buscar en las Páginas Amarillas el concurso de un chapucillas capaz de solucionar una discusión matrimonial con selladora, broca y un puñado de alcayatas.

Los maridos que sufren mi misma suerte –no destacar en la virtud del “arreglatodo”- deberían unirse frente a las esposas que piensan que uno puede enmendarse en sus carencias. Propongo formar un ejército que complete el “hágalo usted mismo” de los anuncios y los catálogos, con una coletilla que diga “…si tiene aptitudes para ello y no quiere poner en riesgo la estabilidad emocional de quienes le rodean”. El veinte por ciento de la humanidad masculina (el cálculo está hecho a vuela pluma) nos quedaría para siempre agradecida.

Detrás de algunos de los cuadros que ornamentan nuestra casa, se esconden las muescas de mis impericias con la taladradora. Son sueñuelos que hablan de mi torpeza y de la buena voluntad de mi mujer, que quiere ver en mí el ejemplo del marido completo. También son recuerdos de nuestras discusiones y, como no, del perdón, las risas y la pequeñez de la vida ordinaria.
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