11 feb. 2006

La familia está en crisis porque el amor está en crisis. De esta forma, el porcentaje tan alto de matrimonios que se va a pique cumple un mismo patrón: los cónyuges no se han sabido querer. Construyeron su proyecto en el sentimiento, es decir, en el “te quiero porque me siento a gusto”, en vez de en el “te quiero porque me he propuesto hacerte feliz”.

Duele pensar cómo miles de jóvenes se acercan al altar o al juzgado confundiendo su proyecto común con un mal bolero. Se creen que el amor es un fuego fatuo capaz de emborrachar de sensaciones placenteras el resto de la vida, y asienten a las preguntas del cura o del juez con el convencimiento de que van a sacarle tajada al matrimonio: cuidados, placeres, recompensas. Aunque se lo hayan dicho muchas veces, no hay ningún propósito de cumplir el “contigo pan y cebolla”, así que se desmoronan en cuanto aparecen los problemas, la rutina, en cuanto desmitifican las relaciones sexuales o se dejan aplastar por la carga de los hijos. Y es una lástima, pues es justo en esos momentos en los que las campanas de la prudencia tocan arrebato, cuando el amor y sus potencias pueden convertir los miedos en valor y hasta en temeridad con tal de arrancar una sonrisa y una respiración confiada a la persona con la que hemos firmado el cheque en blanco del “para siempre”.

Nunca hubiera pensado que Benedicto XVI fuera a darme las claves del buen amor entre los esposos. Y sin embargo, al leer su primera Encíclica, he descubierto cuál es la terapia para ser feliz.
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