20 may. 2006

Durante las horas de televisión infantil, mi pantalla plana se inunda de muñecos manga con ojos saltones y afán vengativo. Qué curiosos estos personajes de trazos clonados. Es como si Walt Disney decidiera, de pronto, que todos sus monigotes se dibujaran según la misma plantilla, con una constitución física y psicológica ajena a los perfectos adonis y afrodita de sus príncipes y princesas. ¿Verdad que no? Pues nuestros hijos prefieren a Dragon Ball, a Oliver & Benji y al gato del espacio que a los sofisticados bailes de la Bella y la Bestia. No quieren intrincadas historias de amor, ni siquiera de amistad, sino un marciano muy malo que se coma los mocos y un héroe de mandíbula temblorosa y flequillo imposible para pararle los pies.

No es extraña, entonces, la agradable sorpresa que me llevé en las mañanas de La Cuatro. La pantalla se tiñó de rosa para que se desenvolvieran las aventuras de uno de los mejores actores televisivos de todos los tiempos: la pantera del mismo color, cuarentona ya pero fiel a su estilo pop, con el que nos va ofreciendo sus disparatados gags acompañados por las sempiternas risas enlatadas. Aquel dibujo animado que abocetara Friz Freleng como apertura para la primera película del inspector Clouseau, es hoy un icono del humor inteligente que no pasa de moda. Al menos, a mí este animal imposible me genera una mezcla de ternura y admiración. Con él –o con ella, nunca nos lo han aclarado- se han elaborado los mejores productos de merchandising, apreciados como auténticos tesoros por parte de los coleccionistas.La pantera rosa no necesita enseñar el culo para ganarse a la audiencia, ni hacer chistes fáciles con el color de su piel (genial Freleng, que fabricó un cartoon del que no pueden adueñarse los de la bandera arcoiris), ni caer el la moralina con la que nos castiga el ratón Mickey, primo lejano de este felino de ojos amarillos. La pantera no pretende salvar el mundo, porque es ajena a todo lo que existe más allá de sus decorados a lo Woodstock, que parecen pintados a brochazos por Janis Joplin. Lo suyo es hacer la vida imposible a un hombre tintado de blanco, apenas un esbozo de la vulgaridad de esas personas que son incapaces de descubrir los alegres colores de nuestro mundo.
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