3 jun. 2006

No necesitas morir para ser leyenda, pero mueres, igualándote en el sacrosanto momento del partir a todos los hombres y mujeres. Y como ellos, como nosotros, precisas de la intimidad de los tuyos, de tu propia soledad, para que el alma dé ese paso inquietante y parta definitivamente hacia la eternidad de Dios. Y como la de ellos, como la nuestra, como la de todos, tu muerte va acompañada de las miserias del cuerpo que se rebela y gime en estertores, lejos de las grandezas con las que la copla se refiere al magno instante en el que pasamos de ser víctimas del tiempo –de este rápido erosionarse- a disfrutar de un estado glorioso que no conocerá final, a la sombra de esa Virgen de Regla que ha guiado tus últimos pasos, de ese Padre al que le pedías ayuda en una de tus más aplaudidas canciones.

Pero España está enferma, con un cáncer mucho más grave que el que tú has padecido. Es un país sin ley, sin moral, en el que los voyeures campan a sus anchas, dispuestos a pagar con tal de sentarse en primera fila ante la cama de tus últimos sufrimientos. Y si por el mismo precio pueden contemplar no sólo el hálito de tu despedida, sino el dolor de quienes te han querido –tu marido, esa hija díscola, los pequeños que llegaron de Colombia- y hasta hurgar con el dedo en las escoceduras de su corazón, vibrarán como quien disfruta ensuciándose en su propia ponzoña.El pueblo que compra tus discos, que reservaba algunas noches de televisión para escuchar tus actuaciones, que abarrotaba los teatros para llamarte “guapa” y llorar con tus palomas y la ola barredera, siente añoranza ante la muerte de la última reina de la canción popular. Y se rebelará cuando los tomates y otras prostitutas de la pantalla plana acosen a tus amigos, a tus conocidos y a quienes no te quisieron bien, en busca de una calumnia o una difamación con la que abrir tu ataúd y revolver tus huesos, Rocío del alma, y hacer de tu leyenda, gaditana y universal, una putrefacta trata de blancas.

Qué no daría yo por empezar de nuevo, cantabas con hondura flamenca. Qué no daría yo para que todos estos vampiros de la intimidad desaparecieran para siempre, para que la televisión dejase de ser la ventana de sus mezquindades, para que ante el mundo sólo se reconociera la gloria de tu trabajo.
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