30 jun. 2006

Si, por prescripción veterinaria, necesita usted regurgitar el almuerzo, le recomiendo “Aquí hay tomate”. No le pido que pierda demasiado tiempo, pues le bastarán los titulares para sentir cómo la bilis se rebela contra las grasas y los azúcares recién llegados al estómago para ascender, inmediatamente, hasta la garganta con su acidez devastadora. Sentirá, gracias al mágico influjo de la pantalla plana, que entre las funciones del cuerpo humano también se esconde la rumia, ese degustar lo tragado que no es exclusivo de las vacas, sino de todo aquel que selecciona programas como el de Carmen Alcaide y Jorge Javier Vázquez entre sus entretenimientos habituales.

“Aquí hay tomate” lanza al socaire de las ondas, la sospecha de que todo el mundo encierra algo vergonzante que puede llegar a ser descubierto. Da igual de quién se trate, el asunto es alcanzar el hígado de la víctima para convertirlo en un foie-gras que pueda ser untado entre los telespectadores. Y si por un momento no encuentran más vivos que desollar, se pasan al silencio de los muertos, en donde sale gratis acusar a la más pintada, por muchas décadas que hayan pasado desde que comenzó a criar malvas.Pudiera ocurrir, querido lector, que si usted mantiene entre sus costumbres alcanzar el nirvana de la sobremesa con este tipo de maldades, la torrija mental se le altere y llegue a vomitar (y esta vez, sin prescripción veterinaria), al descubrir que es usted el que ocupa la pantalla plana sellada con la odiosa hortaliza. Sin darse cuenta, le ha seguido una cámara que ha filmado todas sus fechorías. “¿Fechorías?”, se pregunta mientras llega la primera arcada, “pero si soy una persona decente…” No esté tan seguro; cuando “Aquí hay tomate” se empeña, lograrán gritar al mundo cualquier inmundicia contra su honradez. Quiera o no quiera, España verá las terribles imágenes: le han pillado in fraganti, en un semáforo, metiéndose el dedo en la nariz.
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