17 jun. 2006

Ay, España… ¡Cuánto me dueles! Cada mañana abro la prensa y me salpica la inquina de quienes no te aman. Sus abuelos, tal vez, dieron su vida por un ideal de sueños comunes, y gozaron la victoria o rumiaron la derrota en una guerra fratricida que se gestó en odios parecidos y de la que el tiempo y la buena voluntad se encargó de relegar a los manuales. La tierra y su identidad, la cruz y su historia, la lengua y su poder unificador siguen siendo las heridas que te sangran por los flancos. Porque quien nos gobierna, investido de la obligación y el honor de mantener la paz, picotea a los leones desde fuera de la jaula y hasta les echa algo de pitanza, la suficiente para despertarles el hambre contra quienes sólo pretendemos respirar tranquilos en esta tierra que es de todos, patria común sobre la que hemos escrito el libro del tiempo.

Ay, España… ¡Cuánto me dueles! El pueblo que ha sufrido los mordiscos del terror, se siente maltratado por aquellos en quienes ha depositado su confianza, y sale a la calle para advertir que con los sembradores del odio y de la sangre no hay nada que negociar, sino el camino hacia la cárcel, aplicación de la justicia. Mas lo peor es que el pueblo que no ha sufrido esos mordiscos, mira para otro lado y le baila el agua al negociador, ese padre electo que ha convertido tu mapa, gracias a sus pactos de supervivencia, en una pelea de gallos en la que te sacan los ojos si te opones al plan que pretende convertir tu gloria en un triste recuerdo.
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