14 jul. 2006

El médico que me ha hurgado los adentros, llenándome el abdomen de grapas, no era el doctor House -¡gracias al cielo!-, pues antes de que la anestesia me dejara a las puertas de ese dulce sueño del Valhalla, me contó un chiste que me hizo sonreír y olvidar por un instantes la inevitable inquietud que precede a toda intervención quirúrgica, en vez de soltarme un bastonazo en la cabeza y escupirme cualquier impertinencia que allí, con el traje de Adán puesto y una finísima sábana verde como barrera entre la realidad y lo desconocido, me hubiese dejado tan confundido que no hubiera podido contestarle como se merecería antes de que me abriese las tripas como a un lánguido pollo. Pero confieso que me cae simpático este House malhumorado que rompe los esquemas del galeno televisivo, es decir, de ese superhombre guapo que sabe ganarse la voluntad de sus pacientes con un leve guiño de ojos y trae enamoriscadas a todas las enfermeras y residentes. A ese medicucho de azúcar lo ha desterrado para siempre nuestro sorprendente doctor House, que camina a trompicones por el hospital, sostenido por su fino bastón como si fuese el mismísimo pirata Silver del clásico de Stevenson. Y al enfermo que le tiene que cantar las cuarenta, se las canta. Y al que no, pues también. Parece que al barbudo House siempre le sienta mal el desayuno y necesita vomitarlo con improperios sobre el primero que se encuentra por delante, aunque esté postrado en una cama y aún desahuciado a una muerte rápida y dolorosa. Yo no sé ustedes, pero me creo con ferocidad a un tipejo como Gregory House y me cuesta creer a otros matasanos de ficción, que parecen andar por la clínica como por una pasarela de moda. Ahora, como les decía, en mi breve paso por el hospital no me he topado con ningún médico como el americano, sino con compatriotas que han sentido piedad por este analfabeto de las vías y los sueros, de las camas móviles y las batas verdes, de los termómetros y las tomas de tensión. Y me alegro; no saben cuánto.
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