16 jun. 2006

Se dice El Koala, por más que tenga prestancia de gorila. Cuando actúa en televisión bajo la trampa del play-back, hace como que toca la guitarra, pero me resulta imposible que sus dedos de manga riega pueda sacar un solo acorde a tan noble instrumento, por más que por Internet circulen las distintas versiones que sobre el canto de la selva ha realizado este genio de la música popular. Creo que es su voluntad el que nos quede la sensación de que sus bajo brazos despiden un inconfundible olor patrio. La culpa la tiene el diseño de su éxito: una camiseta de quita y pon, los pantalones de camuflaje (¡cómo camuflan los lamparones!) y esa sonrisa entre aguerrida y tontorrona con la que acoge los aplausos.

Asegura descender del punk radical vasco, ya saben, aquel que suma al ruido ensordecedor esas letras que glorifican el tiro en la nuca, los niños despedazados por la Goma-2 y el secuestro. Pero en Granada es imposible escribir versos tan ponzoñosos, así que decidió coger lápiz y papel y trazar un himno a las Leyes de educación con las que hemos crecido. “Opá, yo viazé un corrá…”, pergeña su garganta después de ponerse colorado ante el esfuerzo de recordar tan difícil oración. Y la España de Zapatero y la experimentación embrionaria canta con él: “pa esha gassina y pa eshe minino”.Uno observa a El Koala y se le tambalean los principios democráticos, sobre todo aquel que iguala hombre y voto. No quiero decir que el monstruo de la canción del verano no tenga capacidad para votar, pero me gustaría conocer las razones con las que argumenta su elección de partido.

Mientras tanto, haría bien en echar una solicitud para componer el himno patrio de Cataluña, cuyos barrios populares están trufados de granadinos que agradecerían un toque cañí a la solemnidad. O el de la nación que ha diseñando Otegui bajo la tutela de un tal López; descubríamos que la magnanimidad intelectual de los susodichos no desdice de la del animal del árbol (El Koala, se entiende).

Hace años, Felipe González debió echarse las manos a la cabeza al ver cómo se había degradado el espíritu del mayo del 68: el Cojo Manteca lideraba las nuevas protestas estudiantiles a golpe de muleta. Quisiera verle hoy, bailando al ritmo del Opá.
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