30 sept. 2006

Mi serie preferida es de toma y daca, todo un culebrón que calienta motores de madrugada, cuando los fajos de periódicos caen con peso muerto a los pies de los quioscos, la tinta todavía fresca, los pliegos recién cortados. Cada capítulo de este serial viene titulado a cinco columnas, y en él se repite con insistencia el nombre de los protagonistas y de los secundarios, y a veces, sólo a veces, el de los extras, ciento noventa y dos (hombres, mujeres y niños) que se quedaron con el rictus helado un once de marzo que se ha clavado como un aguijón emponzoñado en el corazón de nuestra joven democracia.

Esta serie -mucho más macabra que “Los Soprano”, mucho más realista que “El Comisario”- tiene un poderosísimo canal de promoción, dividido entre quienes apoyan el papel que juega el bando de los buenos y el que juega el bando de los malos, calificación moral que a un simple espectador como yo le cuesta decidir. Porque los buenos deberían ser aquellos que tienen encomendado el papel de protectores, de previsores del delito; y los malos, quienes con razones exclusivamente criminales colocan varios artefactos en distintos trenes con el propósito de hacerlos estallar de una sola vez bajo los techos de hormigón de la estación de Atocha, un terrible juego de bengalas que podría haber multiplicado los ciento noventa y dos extras por un factor difícil de calcular.Según el capítulo diario que nos cuente El Mundo o El País, la COPE o la SER, los mandos de la policía pasan de salvadores a miserables encubridores, y sobre los políticos que hoy ocupan el sitial azul -¡ay los políticos!-, recaen una maraña de sospechas nada halagüeñas, nada reconfortantes, que hacen de este serial por entregas una bofetada repetida contra nuestra buena fe.

Me preocupa que, dado el éxito de público y crítica, sus guionistas hayan encontrado un verdadero filón y no estén dispuestos a resolver la trama, a colocar el cartelón de Fin. Porque lo mismo hicieron con el GAL, serial del que toma casi todas sus referencias.
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