8 sept. 2006

Dicen que las redes de los pescadores del Atlántico, vuelven a cubierta enredadas con restos de naufragios. No son candelabros de plata ni joyas, porque las embarcaciones que hacen agua entre las olas en nada se parecen al Titanic, sino jirones de ropa vieja, un cinturón dado de sí de tanto apretarlo y trozos de carne a medio devorar por los bancos de pequeños peces, voraces a la hora de pelar los huesos del ahogado. Dicen que los marineros se entretienen en separar la buena pesca de los despojos del hambre y de la ilusión, que lanzan de nuevo al mar, el más bello de los cementerios. Y el agua salada ahoga todo aquello que perteneció a los reyes de la sabana, del desierto y de la selva, un mundo misterioso que no nos interesa, caliente y natural, ajeno a nuestro orden, a nuestros principios, a nuestra regulación.

Dicen que los capitanes de los pesqueros contemplan desde el puente de mando ese ir y venir que ha transformado el océano en la más peligrosa de las carreteras. No tienen papeles, así que no tienen nombre. Y sin nombre, sin papeles, sin número de identificación, no existes. Su muerte, esa espiral hacia las simas negras del mar, es sólo una estadística gubernamental, un dato de onegé, que va desde los mil quinientos hasta los tres mil ahogados, quién sabe si cinco mil. Y en una orilla, envuelta en fogosos vestidos, una mujer llora de cara a las olas, que traen el susurro rítmico de un futuro mejor, espumas de bienes, de dinero, de esperanza legítima frente a un continente saqueado por los poderosos.

Dicen que los pescadores del Atlántico, de vez en vez arrancan de sus redes una fotografía. En ella, velada por la humedad, aún se adivina la sonrisa de quien tantas veces ha rogado: “cuando llegues al otro mundo, no te olvides de mí”.
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