13 oct. 2006

Son los espectros de nuestras ciudades. Les vemos sin mirar; nos pasan desapercibidos, como fantasmas, ajenos a nuestro quehacer, a nuestro ir y venir, a nuestra agenda, a los planes del fin de semana. Es la otra cara de la inmigración, hombres y mujeres que dejaron atrás el cayuco, la patera, el fuera borda que casi se traga el mar, y han caído del cielo en nuestro mundo, sin comprenderlo, sin capacidad de adaptación. No tienen papeles, no tienen planes de futuro. Así que ocupan un banco del parque, o la esquina cubierta de un portal o una cama en un refugio para menesterosos. Cuando se quedan dormidos, los sueños aún les engañan con el único paisaje que han conocido en dieciocho o veinticinco años: la selva lujuriosa, el desierto inclemente. Pero despiertan sacudidos por el frío y se encuentran con el perfil arisco de la gran urbe, con nuestros pasos ajenos a sus sombras, que ocupan los espacios muertos de la calle.Durante los últimos meses hemos discutido sobre ellos, sin ponerles rostro ni nombre. Pedimos al gobierno que hiciera lo posible para que no llegasen a nuestras costas, para que después no los trasladaran a la Península, para que los devolvieran a sus países ignotos, donde las hormigas lo devoran todo al rumor de una luna bailonga. Así que cuando nos los cruzamos y observamos con cierta prevención sus hatillos miserables, preferimos no contemplar sus ojos, que tienen una mirada tan humana como la nuestra. Su frío, su hambre, sus ganas de salir adelante no son titulares de periódico, sino algo tan real como nuestra prisa o como esa agenda siempre repleta de gestiones que consideramos irrenunciables y que nos obligan a mirar adelante, sin detenernos en esos jirones de África que colorean Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao..., como si fuesen parte del mobiliario urbano.
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