3 nov. 2006

Mi vida entera es una clave. Clave para encender el móvil después de cargar su batería. Clave para tener acceso al ordenador del trabajo. Clave para mi ordenador portátil. Clave para la cuenta de correo. Clave para el acceso a mi periódico digital. Clave para las estadísticas de mi página web, y otra clave para la web de Excelencia Literaria, uno de mis proyectos. Tengo una clave en mi tarjeta de crédito y otra distinta en la de débito. Mi cuenta corriente tiene una larguísima clave y una clave distinta cada uno de los billetes de avión que retiro en el aeropuerto. La llave de mi coche dispone también de un larguísimo dígito en clave y el número europeo de mis zapatos no deja de ser otra clave, por más que resulte sencilla. Hay clave en el chip que porta mi perro, clave en mi ficha del CNI -en el caso de que a los espías yo les resulte sujeto digno de tener ficha, que lo dudo-, en el candado de mi moto y hasta en la historia de mi ficha médica. La matrícula de mi coche forma una bonita clave de números capicúa y poseo otra en la delegación de Hacienda -¡maldita sea!-. Si pretendo conocer los vaivenes de mis ahorros, me exigen una clave, y otra si quiero revelar mis fotografías digitales a través de internet. Los números en ocasiones se echan sobre mí, derribándome con sus golpes fríos. Parece entonces que mi sangre se coagula en ceros, tres, nueves y cincos, que yo mismo me convierto en la clave de mi carnet de identidad, en la cifra secreta que me permite retirar dinero de los cajeros automáticos, en aquellos asteriscos que esconden la numeración aleatoria que abre la intimidad de mi cuenta de correo. Entonces pienso en ti, que me quieres hasta cuando estoy en banca rota. No te importan mis ochos ni mis doses; me amas en la bendita ruina de un mundo sin codificar.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed