17 nov. 2006

Gonzalo Miró es ese muchacho con apellido de genial artista y de irregular directora de cine. Lleva sobre sus espaldas la memoria contradictoria de una madre cuyo recuerdo al frente de la dirección de la tele se confunde entre las facturas de Loewe y la transmisión de las bodas de nuestras infantas (pena que falleciera antes de la del Príncipe, que quedó tan sosa a pesar de las posibilidades que ofrecía la familia de la novia). Gonzalo contó con la peligrosa tutoría de FG, aquel que ahora declara que se <<fue a tiempo>>, a pesar de que su herencia de tahúres aún nos pese. Y parece que a FG también le gustaba el cine, a juzgar por la película sobre su particular manera de acabar con el terrorismo que han producido sus amigos de El Mundo. En todo caso, Gonzalo, este chico de mirada bondadosa que recuerda al dueño de Scooby-Do, y que se ha hecho un profesional de la fiesta, ha abandonado en su orfandad la discreción de su madre para saltar al papel couche. Gracias a su relación sentimental con una duquesa un poco desnortada, el muchacho presenta relojes, colonias, alimentos para gatos, fundas porta-móviles y caramelos. Además, Concha García-Campoy le ha fichado como gancho para su magacine de las mañanas en el canal en abierto de Polanco. Gonzalo Miró se sienta en un butacón al lado de la presentadora, como si fuese un loro sobre una percha, y se ríe y aplaude, bien aleccionado. Dicen que sus comentarios tienen enjundia, que en su discurrir se aprecia el seny que da una vida dedicada a la formación profunda en los más diversos asuntos. Tal vez sea precisamente esa profundidad la que ha relegado el programa mañanero al final de la parrilla. Y es que no basta un rostro famoso para concentrar la atención de los espectadores, salvo que éste se preste a entrar en el mercado de verduleras de la competencia. Pero yo no veo a Miró echando un pulso con Belén Esteban.
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