24 nov. 2006

Tal y como están las cosas, nadie se atreve a poner la mano en el fuego y afirmar que ETA no volverá a matar. Para matar no se necesita ciencia, tan solo sangre fría y desprecio por la vida. Para asesinar como lo hace ETA, cobardía y vileza. Si se diera el caso, si una mañana nos despertásemos con el eco de un tiro o con las vibraciones de un bombazo, las cosas no habrían cambiado para quienes estamos convencidos de que la mano abierta que Zapatero ofrece a los etarras en nuestro nombre es un suicidio. Nunca nos hemos fiado de la disposición de los matones a abandonar la única ocupación que conocen. Habrá, eso sí, un nuevo cadáver y muchas víctimas que verán condicionada su existencia desde entonces en adelante.

Mate o no mate ETA, avance el gobierno o no en este proceso de rendición, lo que tampoco va a cambiar es la sociedad vasca, enferma terminal a causa del cáncer del miedo. Son muchos años de terror, de silencio, de sospecha, de doctrina nacional para que los ciudadanos y las ciudadanas –como ahora dicen los políticos en su cursi dialéctica- salgan a las calles a introducir margaritas en las armas de los terroristas. Continuará la persecución contra los que piensan distinto, el desprecio por las instituciones de todos, la arrogancia de la raza frente al propósito de vivir en paz. Por eso el final del terrorismo y la cura de sus heridas debe iniciarse en la base, allí donde los niños se alimentan de odio, de diferenciaciones ficticias. Propósito metafísicamente imposible en el califato del nacionalismo excluyente.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed