12 ene. 2007

Formo parte del porcentaje de ciudadanos que aún se hace un lío con los euros. Y no sé por qué, ya que durante mis viajes por el mundo no he tenido problemas con las monedas extranjeras. Sin embargo, la divisa europea no me entra ni a sangre, sobre todo cuando supera las tres cifras. Será, en parte, porque recelo de ella: desde el primer instante me disgustó la despedida de nuestra añorada peseta. De un día para otro, el valor del dinero se depreció, por más que los bolsillos abultaran en calderilla.

¿Qué es un euro? Una minucia con la que ni siquiera se puede dar una limosna decente. Y de esto bien saben los párrocos, que desde la llegada de la moneda transeuropea se las ven y se las desean para llegar a fin de mes cada vez que suman el cepillo de la iglesia (mucho cobre, poco oro y casi ningún billete). Pero mi desencuentro con el euro no se debe sólo a esta aversión a la desaparición de las viejas divisas, sino al convencimiento –certificado por los estudios- de que los gastos familiares se han disparado. Algunas cestas de la compra se han encarecido hasta en un ochenta por ciento. ¿Redondeo? ¿Picaresca? Abuso, más bien. Pocas veces han pintado tan calva la ocasión de hacer el agosto aprovechando el despiste de todo un país que no se aclara con los decimales. Hagan la prueba: rebusquen en sus archivos alguna vieja factura (la del taller del coche, sin ir más lejos) y compárenla con el precio de hoy, salvo que elijan comenzar este nuevo año sin riesgo de depresión.

La familia, que a fin de cuentas sostiene este tinglado al que llamamos Estado, sigue siendo la Cenicienta del cuento europeo, pero sin príncipe ni zapatito de cristal. No hay en el Ministerio de Economía y Hacienda ni en el de Trabajo y Asuntos Sociales una sola iniciativa con la que equilibrar nuestra economía ruinosa, a pesar del crecimiento interanual del PIB.
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