12 ene. 2007

Isabel Gemio no es una mujer simpática. Aunque intente disimularlo, le pueden las carcajadas despreciativas con las que maneja a un público ávido de ser sorprendido. Pero se lo perdono, porque se trata de una de las pocas profesionales capaz de convertir la televisión en algo mágico y positivo. Su programa es un guiño a la esperanza, al cumplimiento de los sueños, por más que algunos de ellos sólo duren unos segundos antes del próximo corte de publicidad. Pero sueños son, al fin y al cabo, alimento imprescindible en este país de quijotes.

La Gemio camina por su decorado imposible con una rosa sin espinas en la mano. Conoce el nombre de muchos de sus espectadores, sus heridas, sus ausencias..., y les obliga a llorar de alegría ante un reencuentro, ¡bendito sea Dios!, ante el impacto de enfrentarles con el mismísimo Gary Cooper que baja del cielo, porque para Antena 3 todo es posible si Isabel Gemio ejerce de hada madrina.Tal vez en esa rosa se esconda la solución del más espinoso de nuestros problemas: le veo a José Luis sentado en el anfiteatro, la boquita temblorosa cuando la presentadora extremeña le acerca el micro para preguntarle en qué consiste su dolor. Y las pupilas aguamarina de José Luis se estremecen. <<¿Es usted capaz de resolverlo?>>, le pregunta con la inocencia de un cervatillo. <<Aquí todo es posible>>, le recuerda la Gemio, <<porque estamos en “Sorpresa, Sorpresa”>>. Entonces José Luis se levanta y le da la mano para dejarse conducir hasta el escenario bajo los acordes en xilofón del “Acompáñame...”.

José Luis e Isabel se sientan en el sillón de los sueños. Ella va narrando el calvario que ha sufrido el Presidente durante los dos últimos años. Sin pretenderlo, se detiene en palabras que hieren: “confianza”, “buena fe”, “diálogo”, “ansias infinitas de paz”, “traición”, “bomba”, “muertos”, “ETA”. Las cejas acampanadas de José Luis se enarcan. <<Ha llegado la hora de que “Sorpresa, Sorpresa” convierta en realidad la más urgente de sus voluntades>>, dice la Gemio tomando la mano temblorosa del preboste. <<Adelante, Isabel>>, José Luis traga saliva. Y entonces, cuando el público ha sacado el pañuelito de moquear, aparece un lince en el escenario que porta en sus fauces una invitación para que Zapatero pase el resto de sus días en Doñana.
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