9 feb. 2007

Me encanta la filosofía del cine español cuando llega la hora de los premios. Son tan pocos los que parten y se reparten la tarta que al final hay medalla para todos. Un año ganan los pupilos de Andrés Vicente Gómez y al año siguiente ganan los de Andrés Vicente Gómez. Y venga abrazos y besos, que estas fiestas retransmitidas en directo por la 2 siempre se resuelven con smuacs entre ellas y ellos, ellas y ellas, ellos y ellos. Beso por aquí, Goya por acá, gracieta de la Sardá de turno (es igual que este año se apellidara Corbacho) y plano insistente de la ministra rompiéndose las manos a aplaudir a sus ahijados, merecedores –nada más y nada menos, la Calvo dixit- del 12% de un presupuesto que mira poco por otras artes, especialmente por las mías.

Pilar Bardem, abuela del contubernio del celuloide, se mueve con gran soltura por el escenario del sarao. Por una noche deja el disfraz de manifestante para envolverse en rasos y tules de Hollywood: a fin de cuentas, ¿a quién no le gustan los oropeles y el lujo? Y también besa -¡horror!- al beneficiario de la estatuilla del genial aragonés, a quien le ha cabido el dudoso honor de premiar una industria prescindible en casi todo el mundo, a pesar del ruido que de cuando en cuando mete Almodóvar, único a la hora de romper la pereza nacional que despierta el cine patrio.Seguro que tenemos actores, directores, maquilladores, peluqueros..., que ya no saben qué hacer con tanto busto de Goya. A falta de competencia, los han ganado casi todos. Hasta los regalan con motivo de algún amigo invisible: “que no me queda presupuesto para endilgar un cinturón o una camisa... ¡pues toma Goya!, aunque los tres últimos que te coloqué los utilices para los sombreros”.

Se les olvidó el del mejor vestuario para Fidel Castro. Ver al tiranosaurio en chándal es propio de una comedia de Berlanga.
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